[Crítica] “Julieta” de Almodóvar: La escritura como exorcismo del dolor

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Julieta supone para Pedro Almodóvar un retorno a ese terreno fértil que el director manchego ha explorado a lo largo de su filmografía y que conoce mejor que nadie: el universo femenino, sembrado de enigmas, acertijos y laberintos emocionales. Sin embargo, aunque es una incursión despojada de sus habituales cuotas de humor y excentricidad, no deja de ser una película tan apasionante como demoledora.

Julieta está a punto de viajar a Portugal con su novio, pero un encuentro inesperado la obliga a cambiar de planes. Recibe una información sobre su hija Antía, a quien no ve desde hace más de una década. Consternada, Julieta se encierra en casa y empieza a escribir su historia, desde que conoció al padre de Antía hasta que el destino la separó de su hija.

A través de esa carta dirigida a Antía, que hace las veces de testimonio culposo y confesión tardía, la escritura se convierte en el exorcismo de Julieta, en la liberación de un dolor tan profundo y tan arraigado que ha colmado cada aspecto de su vida y la ha llenado de vacío.

El guion está basado en tres relatos cortos de la ganadora del Premio Nobel Alice Munro, los cuales han sido adaptados y reinventados por Almodóvar. La estructura narrativa muestra en paralelo dos etapas de la vida de Julieta: la juventud y la adultez, la luz radiante y la sombra sobrecogedora.

No obstante, Munro no es la única fuente de inspiración del director manchego. El fantasma de Alfred Hitchcock recorre los vagones de un tren en el que Julieta, joven y llena de vida, descubre el amor, pero también ve de cerca el rostro de la muerte. Seducción e intriga se dan la mano en una secuencia filmada con impecable maestría.

Las dos actrices que interpretan a Julieta logran resultados notables y se complementan muy bien. Adriana Ugarte es la Julieta joven, inflamada de curiosidad, sensibilidad y pasión. Emma Suárez es la versión adulta, abatida por una ausencia que la ha convertido a ella misma en un ser ausente, anclado en el pasado.

En un rol secundario, pero muy memorable, destaca Rossy de Palma, la única “veterana” del grupo habitual de actrices frecuentes de Almodóvar en esta película. Marian, su personaje cizañoso, aporta las escasas gotas de humor que se cuelan en este drama tan duro y devastador.

Como ya es habitual en Almodóvar, el color rojo domina ciertos encuadres con su expresividad. Ya sea en los vestidos y accesorios, en las paredes o el auto de Julieta, este color transmite según la ocasión una pasión que aparece o que se apaga, una añoranza de tiempos más felices, una tragedia inminente, un vehículo que se abre paso en la inmensidad sobrecogedora de la naturaleza.

Tal vez algunos espectadores más acostumbrados a esos personajes rebeldes, marginales y contestatarios que suelen poblar el universo de Almodóvar, se sientan desconcertados al acercarse a una historia con personajes aparentemente más convencionales, pero no por ello menos complejos y misteriosos.

“Julieta” es una nueva confirmación de la evolución de Almodóvar como cineasta y de su rebeldía como creador al sembrar, con mucha sutileza, una crítica a aquellas instituciones dedicadas a lavar cerebros y hacer a la gente prisionera de sus propias creencias.

Esta entrada fue modificada por última vez en 5 de julio de 2016 12:23

Juan Carlos Ugarelli

Periodista cinematográfico y crítico de cine. Miembro de la APRECI - Asociación Peruana de Prensa Cinematográfica. Editor del blog de cine Las Horas Rojas.

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