Tengo un remoto recuerdo de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Tenía casi 17 años y quería ver la transmisión en vivo y en directo de la ceremonia inaugural y de las diferentes competencias. La selección peruana de voleibol había tenido una mítica actuación en la edición previa, Seúl 88, que le significó una medalla de plata y el cariño del Perú para siempre. Mi abuela Lola y yo vimos con emoción el paso de la reducida comitiva blanquirroja en el desfile del primer día. “No sabía que iba a estar el Perú”, me dijo. Eso era una señal de que las expectativas de la afición habían bajado porque el vóley, en esa época la disciplina que generaba más esperanzas de triunfo, luego de alcanzar la gloria llegó al final de un ciclo y no logró clasificar a Barcelona.

La ciudad y en general la España de Felipe González hicieron enorme esfuerzo organizativo, económico y marketero de años para, según los comentaristas de TV, hacer “los mejores Juegos Olímpicos de la historia”, calificativo que he oído a menudo desde los años 80. En 1986 España se había incorporado al organismo precedente de la Unión Europea, la Comunidad Económica Europea, y en 1992, además de la cita deportiva, Madrid fue declarada Ciudad Europea de la Cultura y Sevilla fue sede de la Exposición Universal. Así ese año tuvo esplendor, brillo, lujo, imagen internacional, proyección cultural. Era España alejándose con fruición de la sombra de Franco 17 años después de su final. Bien, eso es lo que justamente desmonta Luis López Carrasco en su excelente película El año del descubrimiento.

Se trata de la recuperación de la memoria española contemporánea con numerosos testimonios que el autor presenta como fragmentos narrativos y físicos que deben unirse en nuestra mente y en la pantalla misma durante tres horas y 20 minutos. Porque López Carrasco graba en la mayor parte del metraje a dos cámaras y coloca los planos contraplanos, no siempre exactos sino a veces oblicuos y hasta lejanos, en rectángulos acotados en la pantalla simétricamente dividida y asimismo en similar tiempo deja solo una de las “vistas” y el resto se queda simplemente en negro. Asimismo, hay momentos que son únicamente sonoros, la oscuridad es total y seguimos oyendo el testimonio (como antes hizo en gran escala Guy Debord). Cine que parece radio. Es tanta la confianza del realizador en lo que se piensa y se dice en los estrechos encuadres que nos sugiere que ya ni necesita el espacio completo para narrar y que esos trozos son suficientes, pero dependiendo del compromiso del público que debe estar atento al torrente de información individual y plural.

Son relatos, ya desde la veteranía y también a través de sus jóvenes descendientes, de la clase trabajadora industrial, sindical, politizada, de la región de Murcia en el apoteósico 1992. Se pronuncian en primeros planos fluidos, íntimos, que no se preocupan por la cámara y navegan entre la remembranza de la orgullosa lucha contra el empresariado y el régimen y las figuras políticas de turno, la explicación puntillosa, el razonamiento histórico, la asimilación de aciertos/conquistas y errores/pérdidas, el trance del desempleo, la conciencia de los límites de la acción sindical, el señalamiento de la moderación y del viraje de sus colegas, el reconocimiento de privilegios, la continuidad del aprendizaje de la etapa franquista a la transición democrática y al gobierno ochentero y noventero del PSOE, la ultraderechización de la sociedad en el mundo, los dobleces de la espinosa Unión Europea. Vienen a ser una especie de diarios personales hablados, en seguramente muchas horas más de rodaje.

Aunque nos recuerda en parte el documental “Los héroes y el tiempo” (2005) de Arturo Ripstein, El año del descubrimiento es una obra muy personal. López Carrasco, que en su igualmente valioso primer largo, El futuro (2013), ya había experimentado con desenfoques, perfiles, primeros planos y material de archivo alrededor de inquietudes de la compleja transición, consigue ahora que la revisión de una temática ideológica tan densa funcione como buró político y terapia grupal intergeneracional, y que dibuje con todas sus piezas la irrenunciabilidad a una reflexión colectiva de su devenir sectorial, nacional y europeo. Lo localista se convierte en resonancia universal porque en todos los países hemos tenido esa dicotomía del relumbrón enmascarador y la trastienda incómoda en el contexto del neoliberalismo de los últimos 30 años. Y el “descubrimiento” del título es una referencia múltiple a ese conflicto social, político y cultural de 1992: a las contradicciones que se dieron a conocer en medio del glamour, a la España que pretendía (re)presentarse renovada ante el mundo, y al aniversario refundacional patrio por los 500 años de su luctuoso y rebautizante arribo a nuestro continente.