En 2005, los coleccionistas de arte Alexander Parish y Robert Simon compraron en una subasta el cuadro “Salvator Mundi”, un retrato de Jesucristo valorizado en ese momento en poco más de 1100 dólares. Posteriormente, la obra fue atribuida nada más y nada menos que al artista italiano Leonardo Da Vinci y pasó por varias manos hasta llegar a costar 450 millones de dólares en 2017, convirtiéndose en la venta de la obra pictórica más cara de la historia.

El documental “The Lost Leonardo” (Reino Unido, 2021), estrenado en el Festival de Tribeca, narra con gran pulso dramático y la intriga propia de un thriller el enrevesado camino que siguió este cuadro para aumentar estratosféricamente su valor financiero y ser codiciado por las élites más poderosas del mundo.

El hecho de que un multimillonario ruso y un príncipe árabe fueran en algún momento los dueños del cuadro en vez de estar en un museo o galería para que pueda ser apreciado por cualquier mortal, es la evidencia de que el mercado del arte se ha vuelto una industria gobernada por los oscuros intereses de una serie de operadores sin escrúpulos que manipulan el valor de una obra con tal de maximizar sus ganancias.

El director danés Andreas Koefoed estructura la película en tres secciones: “El juego del arte”, “El juego del dinero” y “El juego mundial”. En cada acto, entrevista a algunos expertos en arte renacentista, restauración, comercio y otras áreas relacionadas al arte, para analizar la improbable travesía del “Salvator Mundi” hacia el estrellato. Algunos defienden la teoría de que es una obra pintada por Da Vinci, mientras que otros exponen sus dudas sobre esa supuesta autoría.

En esa variedad de puntos de vista, datos reveladores y especulaciones, radica la riqueza de un filme provocador y fascinante que plantea muchas interrogantes y deja algunas sin respuesta, porque justamente su análisis va más allá de la autenticidad del cuadro.

Llega un punto en “The Lost Leonardo” que se vuelve secundario saber si realmente el autor es Da Vinci, si fue uno de sus pupilos o si la obra fue modificada por la restauradora para que pareciera de Da Vinci. A Koefoed le interesa más sumergir al espectador al interior de una maquinaria de poder económico y político puesta al servicio de crear la ilusión del gran descubrimiento del siglo para lucrar con él. El misterio seguirá rodeando el origen de esta obra e, inevitablemente, haciéndola cada vez más cotizada y elusiva para el público.