A cualquier muchachito del ayer que haya vivido el mítico el año 1969 seguramente recordará dos grandes eventos que ocurrieron durante los meses de verano del norte: el aterrizaje del hombre a la Luna el 16 de julio, y el festival de música de Woodstock entre el 15 y el 18 de agosto. Ambos naturalmente fueron registrados minuciosamente y difundidos masivamente por todos los medios de la época, haciendo que todo el mundo viviera como propias estas experiencias extraordinarias. Incluso las generaciones que no naceríamos hasta varias décadas después, conoceríamos y nos emocionaríamos por estos hitos que seguirán siendo trascendentales en la historia universal, especialmente como precursores de eventos que hoy podemos dar casi por sentado como los viajes espaciales de magnates billonarios o los innumerables festivales de música contemporánea. Hubo un tercer evento, sin embargo, que fue condenado al olvido y que pudo haber sido el precursor de un movimiento social que hoy es imprescindible para la rehabilitación de la sociedad estadounidense.   

Ese fue el Festival Cultural de Harlem, un ambicioso proyecto de seis conciertos gratuitos realizados entre junio y agosto del 69 en el parque Mount Morris (hoy Marcus Garvey) de Nueva York. Tenía argumentos de sobra para ser un éxito rotundo al contar con nombres de prestigio internacional como Stevie Wonder y Nina Simone además de otros artistas afroamericanos menos conocidos que tendrían igual peso en la evolución de la música popular del país. Pese a haber sido filmado para difundirse en cadenas de televisión estadounidense cual especial de año nuevo, el festival sufriría la misma exclusión de cualquier evento asociado a la cultura negra en una sociedad eminentemente racista que tenía más que suficiente con el flower power de Woodstock. Cincuenta y dos años tendrían que pasar para que Ahmir Thompson, mejor conocido como Questlove, desempolvara los carretes del marginado festival y los reeditara en un documental que libera el esplendor de su música y que reflexiona sobre su legado cultural para una comunidad afroamericana que aún debe reclamar por la igualdad en pleno siglo XXI: “Summer of Soul (…Or, When the Revolution Could Not Be Televised)”

El debut en el cine de Questlove no podía ser más adecuado como baterista y líder de la banda The Roots, famosa por acompañar a Jimmy Fallon en su Tonight Show desde 2014. Si bien el proyecto no requería más que su sensibilidad de músico, Questlove también lo ha enriquecido como historiador de música y por supuesto como ciudadano afroamericano que heredó la sociedad posterior a la lucha por los derechos civiles. El suyo es un documental que se beneficia de material inédito pero sobre todo de un contexto contemporáneo de reivindicación del arte, la historia y las propias vidas negras. Que “Summer of Soul”, ganadora de los premios del público y del jurado en Sundance 2021, se haya estrenado simultáneamente en cines y en la plataforma de streaming Hulu (y próximamente en Star+ en Perú) es lo mejor que le pudo pasar a un festival que estaba destinado a deslumbrar a millones de televidentes en Estados Unidos y a reclamar el trono de la música popular para la prodigiosa comunidad afroamericana. 

La historia del Festival Cultural de Harlem es un fiel reflejo de su época convulsa pero también de la marginalización continua de las minorías raciales en Estados Unidos. Se ubica al final de una década de movilización por la igualdad racial que alcanzó un clima de guerra civil, especialmente tras los asesinatos de sus grandes líderes Malcolm X (1965) y Martin Luther King, Jr. (1968). En ese sentido el festival sirvió para que la población de Harlem no se uniera a las olas de indignación violenta que ya habían afectado al resto del país. Que un alcalde blanco republicano, John Lindsay, y una corporación de alimentos decidieran financiar un evento gratuito para una comunidad negra demuestra que era una medida necesaria, un caso excepcional donde el interés común primó antes que la rentabilidad en la tierra del capitalismo duro. Por supuesto que el gran artífice fue un miembro de dicha comunidad, el cantante y promotor de espectáculos Tony Lawrence, que se valió de su carisma y astucia para atraer a socios poderosos y a todo un firmamento de estrellas de la música negra. El documental da fe de su admirable destreza como maestro de ceremonias y sirve de homenaje tardío a su mayor contribución a la cultura afroamericana.

“Summer of Soul” es principalmente un popurrí de las mejores actuaciones que ocurrieron a lo largo de seis semanas efervescentes en Harlem. En su función de programador musical, Questlove demuestra ser consciente no solo de la jerarquía que rige a las distintas estrellas sino también de lo que cada una puede aportar al relato sobre la sociedad afroamericana que arma como director. Por ejemplo, pese a que abre su playlist a lo grande con Stevie Wonder, se reserva el resto de su actuación para una sección posterior en la que el cantante en la actualidad reflexiona sobre su necesidad de involucrarse en temas políticos y servir como activista en causas sociales. Entre los artistas destacados también hay casos que reflejan conflictos de identidad dentro de la propia comunidad afroamericana. Los cantantes de The 5th Dimension, por ejemplo, confiesan que a lo largo de su carrera sufrieron discriminación por “sonar como blancos” y anhelaban ser reconocidos entre su propia comunidad. El caso de Edward Hawkins y su coro góspel revela que popularizar temas religiosos más allá del círculo eclesiástico implicó que fueran echados del mismo. En ese sentido la diversidad de los artistas negros no se limita a sus estilos musicales pues también encarnan perspectivas distintas sobre la complejidad de ser negro en Estados Unidos.           

El mar de público afroamericano del festival resulta tan protagónico como los propios artistas al irradiar una energía que traspasa la pantalla. Las imágenes de abuelas, niñas y adolescentes bailando efusivamente dan la impresión de que el evento es en realidad una gran kermesse familiar. Esto lo ratifica uno de los asistentes entrevistados por Questlove al recordar imágenes, sonidos y hasta aromas de una “barbacoa familiar negra” típica del barrio neoyorquino y que bien podría tratarse de la de un barrio en Latinoamérica. Este asistente también recuerda que fue una de las primeras oportunidades en las que como niño pudo sentirse identificado en los rostros de mujeres y hombres que conformaban una auténtica “realeza negra”. En una sección del documental también se analizan las vestimenta y peinados del público como señales de un periodo más liberal y especialmente reivindicativo de su cultura ancestral africana. Con sus protuberantes “afros” y sus coloridos “dashikis”, los vecinos de Harlem del 69 reflejaban la influencia de un orgullo negro que también se manifestaba en los artistas más vanguardistas como Nina Simone o el propio pastor Jesse Jackson.

Este último protagoniza una de las secuencias más emocionantes del documental como parte de su actuación junto a la cantante góspel Mahalia Jackson. Siendo dos de las personas más cercanas a Martin Luther King, y tras solo un año de su asesinato en Memphis, ambos deciden honrar su memoria relatando los últimos momentos de su vida y entonando la canción favorita del líder, “Precious Lord”. El resultado es lo más cercano a un via crucis colectivo que reafirma la condición de mártir de Luther King y que demuestra la devoción de una comunidad que, pese a sufrir las peores injusticias, se ha mantenido fiel a las creencias y preceptos del catolicismo como pocas en el mundo. El éxito del góspel a nivel mundial es justamente el mayor fruto surgido del sincretismo entre el catolicismo y los rituales tradicionales africanos. Si bien las letras hacen referencia exclusiva al primero, el componente ancestral africano es innegable en la descarga emotiva de las cantantes de góspel como Mahalia Jackson y las vibraciones casi epilépticas del público al escucharlas. Este es uno de los principales aspectos culturales que distinguen al festival de Harlem de la juerga agitada mayoritariamente blanca de Woodstock.

Ello no quita que el festival de Harlem también implicó una celebración exuberante que se sostuvo casi únicamente a base de artistas afroamericanos. Desde estrellas de Motown como Gladys Knight hasta exponentes de la psicodelia como Sly and the Family Stone, pasando por el blues desgarrador de B.B. King y el melódico jazz de Max Roach. Un variado y potente arsenal musical que es prácticamente una lección en historia de la música afroamericana, fundamental para quienes solo conocen el desolador panorama actual. También aparecen las conexiones con los ritmos caribeños y netamente africanos a través del nuyorriqueño Ray Barreto y el sudafricano Hugh Masakela. La corona del cartel sin duda le pertenece a una Nina Simone en su etapa más reivindicativa en la que, sin necesidad de presupuesto millonario, pudo personificar el orgullo negro como nadie. Este desfile de presentaciones poderosas nos permite apreciar la calidad artística de mujeres y hombres que sabían lo que era tocar y cantar en directo, y que se dejaban arropar por un público con el que realmente compartían una causa común. Que al público presente le importase un rábano el alunizaje de Neil Armstrong refleja lo inmensamente gratificante que el festival fue para todos ellos.  

Aunque Questlove no hace referencia al reciente contexto convulso protagonizado por los crímenes policiales y las movilizaciones de Black Lives Matter, es inevitable establecer nexos entre el pasado y el presente de la comunidad afroamericana al ver como se han perpetuado problemas como la ghetoización de los barrios negros, la represión de rasgos físicos africanos como el pelo, o la intolerancia blanca hacia una coexistencia racial. Las críticas de periodistas blancos ante la falta de interés de los asistentes al festival por el alunizaje y los reclamos de estos a invertir los millones de NASA en la comunidad afroamericana demuestran que la brecha cultural y económica entre ambos grupos ya era innegable incluso durante la era de triunfalismo gringo. La historia de los disturbios que generó la admisión de la futura periodista Charlayne Hunter-Gault en la Universidad de Georgia también revela que el traje de Ku Klux Klan no era imprescindible para manifestar el racismo más primitivo. No se trata pues de un documental meramente expositivo como el realizado en torno a Woodstock. “Summer of Soul” está mas en línea con la contundente “What Happened, Miss Simone?” (2015) que destaca las facetas de cantante y activista de Nina Simone. También pertenece a la nueva ola de películas afroamericanas como “Time” (2020) que revelan un mar de historias por contar fuera del agobiante periodo de esclavitud.   

El documental tiene algunos puntos reprochables como los cameos irrelevantes de Chris Rock o Lin-Manuel Miranda que solo pueden justificarse en su estrecha amistad con el director. La narración en off pudo haberse minimizado durante los números musicales para poder apreciarlos tal y como se vivieron en el festival. También es frustrante que no supere las dos horas pues seguramente el material original duro lo suficiente como para hacer una miniserie. Por supuesto que lo peor, aunque no sea culpa de su director, es que hayan tenido que pasar más de cincuenta años para poder disfrutar de una verdadera joya musical. Questlove merece su reconocimiento en Sundance solo por haber salvado del olvido al Festival Cultural de Harlem de 1969 y colocarlo en la mayor cantidad de pantallas posible. En ese sentido, pese a que esta revolución no pudo ser televisada en su día (como reza el subtítulo del documental), el streaming de hoy ha permitido que se haga tan viral como los reclamos de la generación Black Lives Matter. Representa una oportunidad para disfrutar uno de los mejores periodos de la música afroamericana y aprender de la fortaleza y orgullo de una comunidad que sigue en la búsqueda del verdadero sueño americano que es la igualdad.