Es curioso cómo el acercamiento de una hija hacia su padre no hace más que exponer la brecha que existe entre ellos. Si en principio el tiempo y el espacio los distanció, ahora que están cerca son las formas de pensar las que parecen descubrir una relación que, da la impresión, no haya un concilio. No hay regreso a casa (2021) parte del debate sobre un estado judío nacionalista. Hacia quién se inclina los mejores argumentos es lo de menos. Lo que estimula aquí es la convivencia particular entre estos dos personajes que, a pesar de sus ideologías muy opuestas, no dejan de asistirse mutuamente.

El documental de Yaela Gottlieb, más allá de pretender reconstruir los antecedentes del padre a fin de conocerlo o entenderlo, se orienta al fortalecimiento de un vínculo entre padre e hija. En ese sentido, no deja de ser un tanto anecdótico cómo este acercamiento surge a raíz de la diferencia de perspectivas. De pronto, el piso en donde acontecen las entrevistas parece ser un microcosmos del estado político en Israel: el encuentro entre dos bandos que se repelen, pero que no se divorcian —así migren a otros países— consecuencia de un peso tradicional.

Qué mejor que el judaísmo para entender la naturaleza de los vínculos familiares. Un judío podrá nacer y criarse en China o Colombia, pero Israel siempre será su lugar de pertenencia. Así no quiera visitarlo, el profesar el judaísmo implica formar parte de una gran comunidad atada a un lazo indisoluble. Lo mismo pasa con la familia. Así la directora esté a miles de kilómetros de su padre sionista, el vínculo que tiene con este no se romperá. El desplazamiento y mucho menos la diferencia de pensamientos no fractura el lazo o el estado de pertenencia.

Ahora, no es por el solo hecho de un vínculo sanguíneo que no se rompe el vínculo familiar. No hay regreso a casa, en principio, es una pesquisa que la hija hace al padre, revisión que no puede reducirse a un mero acto de curiosidad de la directora por aclarar esas lagunas biográficas de Robert Gottlieb. La revisión del historial del padre forma parte del plan de una hija en pie de construir su propia identidad. Pueda que eso sea lo que la llevó a trasladarse a Israel. En tanto, su documental complementa la edificación de su identidad, que es la de su padre y la que ella misma percibió por sí sola en territorio judío. No es solo la sangre, es un deseo por definirse y concretar su identidad.