A principio, la búsqueda del director Gian Cassini parece limitarse a hacer eco de un trayecto ya recurrente en el cine documental. El director que desea conocer el pasado difuso de algún familiar cercano es actualmente una convención dentro del género; muy a pesar, estamos tratando aquí de un caso personal que en el transcurso va aflorando universalidades, además de conflictos específicos que van atendiendo a un plano doméstico como social.

Como emulando a la novela de Juan Rulfo, Comala (2021) narra la historia de un hijo viajando a “buscar” al padre muerto que no supo reconocerlo. La distinción aquí es que este recorrido en solitario no es producto de una promesa a una madre, sino una iniciativa puramente individual. Es bajo ese principio que Cassini comienza a transitar un territorio en donde también encuentra a fantasmas que son síntoma de la violencia. Consecuencia de ese acto de peregrinación, su búsqueda se convierte en el registro de una realidad social trágica. Hablar de “El Jimmy” es pues hablar del crimen organizado extendido e institucionalizado en México. El padre del director es solo un ejemplo de una generación que ha perseguido una fantasía nociva que ha trascendido históricamente.

Jimmy no está lejos de la figura mítica del Pedro Páramo que remedó las prácticas de una violencia normalizada dentro de una coyuntura de por sí violenta como lo fue la Revolución mexicana. ¿Es que acaso la historia de este padre pueda ser también un reflejo de la realidad mexicana? Como lo dicta el director a principio de su película, para saber sobre el padre, es preciso conocer la historia de los que fueron parte de su vida. Es entonces un filme que se construye en base a una genealogía. La retrospectiva o evaluación de las generaciones anteriores serán la base para conocer o comprender el comportamiento de alguien. Es decir; para entender el presente, es necesario consultar al pasado. Ante la revisión de esa estirpe, es que Comala comienza a manifestar una serie de tradiciones vergonzosas asociadas al imaginario mexicano. El linaje de Cassini se convierte en un microcosmos que emerge a esos fantasmas que, por ejemplo, la época dorada del cine mexicano representó hasta el cansancio. Ahí están malestares como el machismo, el bandolerismo romantizado, la violencia, el cinismo estatal y la migración, siendo esta una adopción más reciente e interpretada en estas circunstancias como un escape de esa violencia; signo de desesperanza.

Comala es atractiva porque la búsqueda luce incesante y no deja de persuadir a la curiosidad. Cassini es como el detective del cine noir al que se le va extendiendo el camino porque la lista de implicados sigue y cada uno es clave en el peritaje. Cada miembro de su familia, en efecto, amplía el panorama del hombre que pasó de ser un niño que jugaba con pistolas a un sicario. Lo importante aquí es que no estamos tratando con una pesquisa que revelará un secreto o que enfrentará testimonios o versiones ni tampoco tiene la intención complejizar la personalidad del padre. Es básicamente el hijo entrevistando a sus familiares y estos respondiendo sin ambages o aire de misterio, salvo por la figura de un miembro de la familia -todo un personaje- que lucía ser la carta perdida del maso de naipes y que, curiosamente, termina por convencernos que el destino de “El Jimmy” no fue fruto de la casualidad. Comala es un documental sobre las secuelas de la orfandad, una historia real en donde el fantasma de Pedro Páramo se presenta como una enfermedad hereditaria que deja un saldo de hijos ilegítimos o sin identidad. A propósito, es también una película que se pregunta si la identidad siempre es síntoma de las circunstancias o los vínculos familiares. Es, definitivamente, una consulta que Gian Cassini se hace continuamente, pero que mantiene en reserva. Optimista y buen final que parece contradecir a ese linaje de personas con identidades fragmentadas.