Cadejo blanco (2021) va de la mano con una película como Noche de fuego (2021), de Tatiana Huezo. Sendos filmes abordan el tema del secuestro de mujeres como práctica rutinaria del crimen organizado. Aunque resueltos en distintos contextos, estos dos argumentos hacen alusión a sociedades en donde la violencia forma parte del cotidiano. A propósito, la directora Huezo aprovecha para reflexionar en torno a cómo el narcotráfico en México atropella el orden natural femenino, mientras que esta película del director Justin Lerner nos descubre un nido de las maras para entender cómo la violencia es indesligable a una naturaleza social. En principio, Cadejo blanco relata una búsqueda. La hermana de Sarita (Karen Martínez) ha desaparecido y decide abandonar la ciudad de Guatemala para seguir a la última persona con quien la vio, un miembro de un grupo de las maras. Ya después, la película deja en un segundo plano esa búsqueda y pone al frente un testimonio de iniciación. Es Sarita insertándose en este mundo del pandillaje a fin de alcanzar alguna información de su hermana. Más allá de contemplar los funcionamientos de estos grupos, este filme guatemalteco nos incita a ir atendiendo a esa otra motivación que empuja a la protagonista a adherirse a ese círculo.

El filme de Lerner más allá de querer enfocarse en los rituales o funcionamientos de las maras opta por definir qué tan integrada está este tipo de criminalidad en las sociedades que habitan en la periferia. Importante la breve aparición de ese otro sector social a un inicio de la película. Mientras que Sarita indaga desesperadamente sobre la ruta de su hermana, al otro lado de esa realidad su amigo con derechos es anfitrión de una fiesta en su lujosa casa. Hay pues un gran contraste entre estos dos escenarios, una frontera que pone al límite a la violencia. ¿Es que Sarita siempre estuvo del lado de la violencia, ese otro lado de la frontera en donde reina? Cadejo blanco no es una película de una joven exponiéndose a la criminalidad, pues esta es una realidad que siempre estuvo integrada a su entorno, incluso el familiar, ello dado los antecedentes de un padre que está a punto de salir de la cárcel. Aunque el argumento no lo puntualice, se entiende que ese tipo de crimen organizado al que ella pretende ingresar para rescatar a su hermana es patente a su genealogía. Claro que Sarita no es consciente de ello.

De pronto, el acercamiento de la joven al grupo de maras no es tanto un tránsito, sino la formalización con un modo de vida al que siempre estuvo expuesta. Y aquí se manifiesta un detalle irónico. Para Sarita, esa formalización, al margen de ayudarla a encontrar a su hermana, es en parte un deseo por salvaguardarse de un padre que retorna. En síntesis, es ponerse a la violencia para ponerse a salvo de la violencia. Cadejo blanco nos descubre a una sociedad que parece no tener escapatoria. Desde que somos testigos de la primera aproximación de Sarita al mundo de las maras, se remeda: “Después que ingresas, ya no hay salida”. Justin Lerner nos revela un trayecto cíclico en donde jóvenes, y no solo es el caso de Sarita, piensan ingenuamente en un retiro formal o escapatoria de una violencia que de hecho está inseminada en su lado de la frontera. ¿Cómo ponerse a salvo de esta? Si bien en un momento de la película emerge esa forma mítica guatemalteca que pone a buen resguardo a las mujeres y niños extraviados, nada nos asegura que al final del trayecto de Sarita la violencia no la estará esperando en casa.