Cortometrajes sobre personajes construyendo una vida en base a una rutina u oficio. Todos fueron mi hogar (2021) relata la historia de una empleada doméstica retirada que rememora sus antecedentes, partiendo desde la vez en que abandonó el nido familiar a una edad temprana, hasta su presente, nuestro presente. Es interesante cómo este testimonio se desarrolla exclusivamente en interiores y se estimula el carácter del espacio que define fronteras, límites que la protagonista no puede cruzar ante la coyuntura pandémica, pero que además no deja de ser una irónica alusión a su pasado para cuando vivía un confinamiento a causa del oficio que ejercía. La directora Mariana Flores Tuesta, de la región Lambayeque, parece ser consciente de lo que sugiere al crear secuencias en donde su personaje piensa y recuerda desde el otro lado de una ventana enrejada. Estamos ante la figura de una mujer que ha convivido con la soledad restringida a un enclaustramiento que no se ha acabado incluso en su vida como empleada retirada. Es, en efecto, una historia de superación, sin embargo, es también una historia que revela a una persona gestionada por las circunstancias, dominada por un estado de mansedumbre y hasta resignación. Todos fueron mi hogar está orientado por una pauta melancólica que provoca compasión.

Regreso (2021) es un testimonio también impulsado por el vínculo hacia un oficio, la diferencia es que en este caso se revela a una mujer que lo acogió no por un acto de sobrevivir, sino por pasión. El director limeño Ralp León Arias nos presenta a una madre de familia y los recuerdos de la estadía de ésta en la ciudad de Corongo, Ancash, en donde se enamoró de la confección de vestimentas típicas para la “Palla de Corongo”, danza en honor a las fiestas de San Pedro. Además de ser un testimonio que abraza una rutina personal, esta también un cortometraje que extiende una cuota etnográfica, a propósito de un lugar y una costumbre patronal. Claro que la figura de esta mujer -a quien se le pone en segundo plano su identidad de madre y esposa- y su apasionamiento por la producción de esa clase de vestidos es el centro de la película, el cual transita de la honra hacia dicha práctica y termina con la declaración de una persona extrañando ese ritual que ha tenido que suspender por un compromiso mayor. Regreso parece narrarse desde un presente, pero no es más que la canalización de una mujer recordando, lo que simula su retorno a esa feliz temporada, que de paso parecía extensa, toda una vida. 

En el cortometraje del limeño Aaron Herrera, no solo vemos un oficio forjado por una pasión, sino también fortalecido por un vínculo familiar. La herencia del mar (2021) observa la rutina que mantiene a diario un padre y su hijo, dos pescadores artesanales. Como tantas de las historias de la vida marina, este testimonio tiene un aire de incertidumbre constante. El crepúsculo de la madrugada que se define tanto en interiores como en exteriores, son anunciadores de una rutina que implica riesgos. El mar por naturaleza es espacio intempestivo. Por un lado, Herrera promueve la demanda de una asistencia social en favor a los damnificados por los efectos de ese entorno en donde se desenvuelve la pesca, por otro lado, dignifica el valor de la herencia de un oficio que, ciertamente, es paradójico. La pesca entendida como una labor que provee vida, pero es además una que implica el riesgo de la vida de los recolectores. Aunque no se señale ese detalle, el imaginario de la humanidad reconocida como especie aventurera y temeraria flota entorno a la realidad de estos hombres que se adentran a diario a un horizonte tenebroso, difuso y voluble.

Podrán ver estas películas, de manera gratuita del 11 al 17 de octubre, en el sitio web del Festival de Cine de Trujillo.