Lamb” es la máxima prueba de que la premisa más absurda de todas puede tomarse en serio sin mayores problemas. Después de todo, lo que tenemos acá es la historia de una pareja que decide adoptar a una niña mitad humana-mitad cordero, y que se siente más como una pesadilla que como la fantasía que muy bien podría haber sido. El director y coguionista Valdimar Jóhannsson le inyecta un tono de ensueño a su película, lento y con un propósito muy claro, lo cual podría terminar alienando a ciertos espectadores, pero también hipnotizando a otros. Queda claro, entonces, que “Lamb” no es un film para todo el mundo.

Noomi Rapace interpreta a Maria, quien junto a su pareja, Ingvar (Hilmir Snær Guðnason), trabaja en una granja en medio del campo islandés. Es una vida aislada y callada, en donde se dedican principalmente a cuidar de sus tierras y sus animales, casi sin hablar, aparentemente atormentados por un pasado trágico (o al menos eso es lo que el subtexto pretende transmitir). Sus vidas cambian, sin embargo, cuando llegan a su cobertizo de ovejas y se encuentran con la criatura ya mencionada. Y en vez de salir corriendo asustados o llamar a las autoridades, deciden criarla como su hija, vistiéndola y poniéndole de nombre “Ada”.

Claramente, Jóhansson no pretende representar la realidad con este filme. Desde la primera escena, protagonizada casi enteramente por animales, atmosférica e impresionante a nivel sonoro, el cineasta islandés deja en claro que “Lamb” se lleva a cabo en una suerte de mundo paralelo, en donde el tiempo no es particularmente importante, y donde una pareja, aparentemente sola y sin hijos, se animaría a criar a un ser que le causaría un paro cardíaco a cualquier otra persona. Puede que la primera media hora de “Lamb” sea muy pausada, de ritmo casi glacial, pero dicha decisión creativa y de edición sirve para desarrollar una atmósfera palpable de tensión, la cual contrasta perfectamente con las actividades mundanas de sus protagonistas.

Es cuando aparece por primera vez la pequeña cordera, sin embargo, que las cosas se tornan un poco más interesantes. Consideren, sino, la reacción de Pétur (Björn Hlynur Haraldsson), el hermano de Ingvar, frente a la criatura —se trata de uno de los momentos más sutilmente hilarantes de una película que, al parecer, no carece de un oscurísimo sentido del humor. O vean la manera sorprendentemente emotiva en la que la relación entre Ada y sus padres se va desarrollando; Jóhannsson parece querer decir algo sobre el debate entre la naturaleza y la crianza, en donde un ser que muy bien podría ser un animal (y nada más) podría potencialmente convertirse en humano, quizás no en apariencia, pero sí en espíritu. Estoy seguro que esto le hará reflexionar a más de un padre o madre.

No obstante, resulta intrigante la decisión de no darle una voz a Ada, ni siquiera cuando uno lo esperaría más —la niña se comunica únicamente a través de pequeños sonidos de bebé (que, dicho sea de paso, no se parecen a los de un cordero común y corriente). Y resulta fascinante, también, ver cómo se relaciona con los demás animales (un perro, un gato y las ovejas), alimentando la noción de que Ada no es ni humano ni cordero. Pero lo que sí es, eso sí, es la hija que esta pareja siempre quiso, y un ser que eventualmente podría terminar por destruir sus vidas, por más de que ellos no se den cuenta. O quizás sí lo sospechan, pero no les importa. Lo importante es la felicidad que sienten en el momento.

La siempre infravalorada Naomi Rapace (“La chica del dragón tatuado”, “Prometeo”) hace un excelente trabajo como Maria, convirtiendo al personaje en el centro emocional de la historia. Oscilando entre la frialdad de alguien que ha carecido de contacto humano por mucho tiempo, y la calidez de una madre que defendería a su (aparente) hija hasta la muerte, Rapace logra desarrollar al personaje como una mujer fascinante, que parece estar ignorando todas las “banderas rojas” de su presente situación, únicamente por cómo la hace sentir. Por su parte, Hilmir Snær Guðnason es igual de creíble como Ingvar, y Björn Hlynur Haraldsson resalta como Pétur, quien comienza como una suerte de representante del público, para luego aceptar la presencia de Ada, yendo en contra de todos sus instintos.

Es verdad que “Lamb” termina de manera demasiado repentina, dejándolo a uno con demasiadas preguntas en la cabeza, no muy satisfecho por lo que acaba de suceder. Y es cierto, también, que se toma su tiempo para comenzar, lo cual podría terminar por frustrar tanto a los fanáticos del cine de género, como a aquellos que estén buscando un drama un poco más potente. Pero lo que sucede al medio es lo que termina por convencer: Jóhansson le inyecta una atmósfera tan densa a su película (consideren las montañas enormes frente a la granja, o el uso del sonido durante los momentos más perturbadores), que resulta imposible no caer en el hechizo de tan absurda trama. “Lamb” es una película rarísima, de premisa ridícula y situaciones inesperadas, pero se toma tan en serio a sí misma, que uno termina haciendo lo mismo con ella. Nunca veré a los corderos (o las ovejas) de la misma manera.