Cuando hablamos de una obra literaria teatral que ya ha sido tantas veces adaptada al cine, resulta muy difícil no caer en la odiosa comparación de cual es la que alcanzó un grado de excelencia por encima de las otras. Con Macbeth, tragedia publicada a inicios del siglo XVII, no es distinta la situación e incluso se corre el riesgo de caer en acaloradas discusiones debido a los grandes nombres que alguna vez se atrevieron a dirigir una adaptación cinematográfica. Para empezar, tenemos la versión de 1948 de Orson Welles, quien realizó una adaptación bastante teatralizada, debido a que ya contaba con experiencia de varios años antes por haberla puesto en escena en teatros. Sin duda que muchos otros preferirán la adaptación de Akira Kurosawa en Trono de sangre (1957), quien realiza algunas variaciones para adaptarlo al contexto japonés, sin dejar de crear una obra digna de admiración universal. Algunos años después, más precisamente en 1971, Roman Polanski también se unía a los grandes nombres que adaptaron el clásico literario, al realizar una adaptación mucho más épica. Y así podemos seguir nombrando algunos más que han estado a la altura del reto y otros que han decepcionado terriblemente.

Pues ahora Joel Coen, hermano mayor de la dupla, hasta ahora inseparable, hace su debut como director en solitario de una nueva adaptación de la obra de Shakespeare y probablemente no haya podido tener uno mejor. En una historia con personajes que podrían explorarse infinitamente y modificar la historia de acuerdo al punto de vista del que se le vea, Coen prefiere adherirse fielmente al libreto original para entregar una cinta que utiliza pocos elementos más que la interpretación de sus protagonistas, la fotografía apoyada en las sombras y siluetas de su escenografía de estilo teatral (incluso más teatral que el Macbeth de Orson Welles) y la banda sonora de un conocido de la casa como Carter Burwell para impregnarle una excepcional identidad estable a lo largo de todo el relato.

Es evidente que el objetivo principal de The Tragedy of Macbeth está más cercano al “cómo”, que al “qué”. Bien podría señalarse como una cinta que economiza en recursos escenográficos, pero no quisiera inducir al error con esta expresión, pues aquella modestia es una decisión deliberada para que el apartado visual, dentro de esa identidad que mencionaba párrafo arriba, resalte como uno en el que no se busca realismo, sino más bien cierta artificialidad propia de un drama teatral a partir de laconismo de elementos secundarios en cada plano. De hecho, son contadas las ocasiones en las que tenemos tomas abiertas, priorizando casi siempre enfocar en primeros planos a los rostros del personaje que tiene la palabra. Ya que el relato en sí presenta elementos fantásticos, como las brujas por ejemplo, esta intención se integra en una sensación salpicada de carácter onírico y lúgubre, al mismo tiempo, impresa de principio a fin en cada escena.

Ahora bien, mientras todo alrededor se aprecia de esa manera, las actuaciones de Frances McDormand, como Lady Macbeth, y en especial la de Denzel Washington, como el propio Macbeth, arrastran hacia la naturaleza humana siempre compleja y a veces malintencionada. Son ellos los que, dentro del estilo quimérico de la película, logran matizar el mecanismo narrativo para que no convertir la sensación lóbrega de la historia en una puesta en escena fría emocionalmente, a pesar de que solo nos acompaña el blanco y negro a lo largo de las casi dos horas de duración.

The Tragedy of Macbeth, en conclusión, resalta por la ecualización que logra Joel Coen con los elementos visuales y narrativos, prescindiendo de aquellos que estandarizarían un filme que requiere una identidad singular para impresionar, y destacando los que dotan de una distinción a una película que se refuerza en sus particularidades. Si la pregunta era si hacía falta una nueva adaptación de Macbeth de Shakespeare, mi respuesta sería: solamente si es que es una película como esta.