Un género cinematográfico puede ser explorado desde diferentes perspectivas, lo cual, evidentemente, traerá consigo productos finales muy distintos. Es más, hasta la misma historia o el mismo guion puede tener diferentes acercamientos, y como ya deben estar adivinando, estos traerán consigo productos finales muy distintos de los otros. Y esto no solo depende de la mirada del director o de la directora —depende también de cómo trabaje junto a su director de fotografía, sus productores, sus guionistas, su equipo de cámara, sus actores… y en realidad, todo el equipo de realización. Es por esto que ver remakes que simplemente deciden copiar lo que se hizo antes termina siendo tan frustrante. ¡No tendría por qué ser así!

Pero me desvío un poco del tema. “Autoerótica”, la ópera primera de Andrea Hoyos, me hizo pensar mucho en el concepto del punto de vista. En este caso específico, me hizo pensar en cómo una historia tipo coming of age, de las cuales no se ven con frecuencia en el cine peruano, puede ser interpretada de manera tan honesta y tan cercana por alguien que está recién comenzando a hacer cine, y que está trayendo algo fresco a la mesa. Y por supuesto, me hizo pensar en cómo hace tanta falta la perspectiva femenina —la cual no tiene por qué ser heteronormativa, necesariamente— en el cine peruano. Si vivimos en un país machista y en una sociedad machista, tiene sentido que buena parte de nuestro cine (obviamente no todo) haya sido machista por varios años —es por eso, parcialmente, que una película como “Autoerótica” se siente tan distinta. No debería ser así —hace tiempo que deberíamos haber tenido películas de perspectiva femenina y/o feminista en el Perú—, pero así es la cosa.

“Autoerótica” tiene como protagonista a Bruna (Rafaella Mey), una adolescente de quince años, de clase media, que vive con su madre, la psicóloga Irene (Wendy Vásquez), en el distrito de Jesús María. Lo que tenemos aquí es una exploración de la sexualidad femenina, a través de los ojos de una chica que recién está comenzando a descubrirse a sí misma, a veces con la ayuda de su mejor amiga, Débora (Micaela Céspedes), pero la mayor parte del tiempo por sí sola. Es así que la película nos va mostrando diferentes facetas de la vida de Bruna, todo durante unas vacaciones de verano que, como todo cuando uno es tan joven, parecen no tener fin.

No puedo afirmar que “Autoerótica” esté basada en las experiencias de la directora cuando esta era adolescente, pero considerando el producto final, no me sorprendería que esté llena de anécdotas y vivencias reales. Evidentemente se trata de una ficción, pero la película se siente tan personal y tan verosímil, que me sorprendería si es que Hoyos no haya insertado nada de su propia adolescencia en la narrativa. En todo caso, lo más impresionante de todo esto es que nada de lo que se ve en “Autoerótica” se siente impostado o artificial —las reacciones de Bruna a los cambios por los que pasa, a sus amistades y hasta sus potenciales amoríos, se sienten como extensiones naturales de su caracterización y de la historia en sí, y no de contorsiones narrativas forzadas, incluidas para que la película sea más chocante o interesante.

De hecho, en ningún momento pareciera que Hoyos está juzgando a su protagonista o intentando darle una lección al público. A diferencia de otros filmes centrados en adolescentes que cometen errores o se ven involucrados en situaciones complicadas, “Autoerótica” no se siente como un sermón. Esto le permite a la joven cineasta incluir escenas que, bajo otra mirada (posiblemente el infame male gaze) se hubieran sentido gratuitas o hasta explotadoras, pero que acá simplemente se ven como parte del retrato de una adolescencia normal. Después de todo, la mayoría de adolescentes se masturban cuando están solos; la mayoría experimenta en internet, o busca algún tipo de contacto con el sexo que le atrae, o busca ayuda cuando le da miedo o vergüenza hablar de ciertos temas con su madre o padre. El espectador, pues, tiene la sensación de que la directora está acompañando a Bruna desde cerca, gentil y empáticamente.

Consideren, por ejemplo, la manera en que “Autoerótica” trata temas como el grooming por internet, los celos, los (potenciales) padre putativos, o hasta el aborto. Algunos de estos temas son todavía tabú en ciertos sectores del país (es decir, los más conservadores), pero en “Autoerótica”, son presentados como cosas que simplemente le pasan a la gente, como cosas que son parte de la vida común y corriente, y que tienen que ser tratados con naturalidad (en algunos casos sin avalarlos, por supuesto), sin hacer juicios de valor o politizarlos. Me animaría a decir, de hecho, que esto ayudaría a que hasta el espectador más conservador no se alarme o moleste por lo que ve en pantalla —no estuve en el rodaje, pero se nota en el producto final que la comunicación entre directora y actrices fue sólido, haciendo que ellas se sientan cómodas en todo momento, como debería ser siempre a la hora de grabar secuencias de contenido sexual.

Las actuaciones, aunque no siempre consistentes, ayudan a desarrollar a los personajes de manera natural, tal y como la historia lo requiere. Rafaella Mey interpreta a Bruna como una chica algo tímida, reservada, que no siempre se anima a contarle sus cosas a su madre o su mejor amiga —una adolescente completamente verosímil, a veces gentil, a veces malcriada, a veces engreída, y siempre curiosa. Por su parte, Micaela Céspedes interpreta a Débora como alguien que valora mucho la relación que tiene con Bruna, siempre dispuesta a ayudarla. Y actores nacionales veteranos como Wendy Vásquez (interpretando a la madre de Bruna, una pésima psicóloga) o César Ritter (como el padre de Bruna, ausente e irresponsable) tienen roles relativamente pequeños, pero importantes.

“Autoerótica” es el tipo de película del que necesitamos más en el Perú —una historia que, quizás, al ser descrita, no suena particularmente novedosa, pero que destaca debido a la perspectiva tan específica de su joven directora y guionista. Se trata de una historia tipo coming of age que no abusa de artificios ni de melodrama para desarrollar a una protagonista con la que resulta fácil empatizar, y que debería remontar a más de un miembro del público a sus respectivas adolescencias. Súmenle a eso un efectivo uso de colores fuertes en la fotografía (luces de neón en las escenas nocturnas, gaseosas rojas que Bruna parece consumir todos los días, y más), y “Autoerótica” termina sintiéndose y viéndose bastante distinta a la película nacional promedio (y evitando el look publicitario que se ve con cierta frecuencia). Y eso es algo que definitivamente merece ser visto en la pantalla grande.