Graham Moore, guionista nacido en Chicago, se ganó un nombre dentro de la élite de la industria hollywoodense al obtener el Oscar por Mejor guion adaptado por el biopic sobre el matemático británico Alan Touring, The Imitation Game (2014). Siete años después de aquel logro personal, el también escritor de cuarenta años ahora se sienta en la silla de director para traernos The Outfit, largometraje estrenado este año en la Berlinale que técnicamente encaja dentro del cine de gánsteres, aunque su protagonista no lo sea.

El “fashionista” título de la cinta -que para el público hispanohablante llega con un menos inofensivo El sastre de la mafia– puede encubrir la historia que su trama contiene, pero es, en realidad, una gran alusión a elementos propios del argumento y a un posible recurso metafórico en el que las prendas de vestir son la parte visible de una persona y las que ocultan la real esencia y pasado de esta. The Outfit trae como protagonista a Leonard Burling (un solvente Mark Rylance), un sastre inglés de avanzada edad que posee una tienda en el Chicago de mitad de los años cincuenta, donde confecciona los trajes de vestir que utilizan el capo de la mafia irlandesa, Roy Boyle (Simon Russell Beale), y sus hombres de confianza, entre ellos su hijo y sucesor, Richie (Dylan O’Brien) y su ejecutor principal, Francis (Johnny Flynn). Estos dos últimos frecuentan la sastrería de manera permanente para recoger los cupos que canalizan a través del establecimiento de Leonard. De esa manera es como Richie conoce a Mable (Zoey Deutch), la joven recepcionista de la sastrería, con quien inicia una relación amorosa.

Aquella rutina se ve interrumpida una noche en la que Francis lleva herido a Richie a la sastrería para refugiarse de un ataque que habían sufrido por parte de la familia LaFontaine, una organización criminal rival. Ese hecho deviene a la desaparición de un casete que contiene una grabación con la que el FBI podría descubrir los delitos del clan, lo que desata una serie de hostilidades dentro la propiedad de Leonard en la que el suspenso crece a cada minuto con la incorporación de nuevos personajes en escena y la revelación de algunos secretos que viran la sospecha sobre las intenciones de cada uno de estos.

Si bien, como la trama sugiere, es el suspenso lo que más resalta dentro de la historia y para ello será necesaria la inclusión de algunos plot twist que caen correctamente tras haberse escondido de manera acertada, es el estilo de dirección el que le permite a Graham rodar una producción que no requiere más que una locación como la sastrería y el lapso de una noche para sostener a lo largo de sus poco más de cien minutos un relato atrapante y dinámico, pero, no por ello, menos elegante y depurado. Es que tanto la utilización de los planos en un espacio reducido (excepto el plano de entrada que enfoca la sastrería por fuera, quizá indicándonos que allí dentro van a suceder eventos relevantes, como el de salida que, equivalentemente, vendría a sellar el cierre del relato) pero muy estético, como la inclusión de ruidos que provienen del exterior de los que asumimos su origen sin comprobarlo visualmente, son la aguja y el hilo que cosen una intriga claustrofóbica que se acrecienta cuando menos se espera, creando una atmósfera sofocante y desesperanzadora de la que provoca observar siempre más.

De hecho, hay un especial cuidado en que ningún elemento augure los sucesos del segundo acto y mucho menos del desenlace. Así es como se explican los primeros veinte minutos de la cinta, en la que se plantea a Leonard como un narrador que explica a detalle en lo que consiste su oficio con un monólogo y escenas muy placenteras que recuerdan de manera indirecta aquella secuencia en la que el personaje de Daniel Day-Lewis confecciona un vestido en The Phantom Thread (P.T. Anderson, 2017), así como su autoimpuesto papel de mentor para Mable. Estos pasajes de la cinta podrían sentirse como parte de una película muy distinta, pero son necesarios para obtener la imagen completa del protagonista y los posibles contrastes que encontraremos tras atravesar su arco narrativo, de manera que se cohesionan como un bloque congruente tras ver el resultado. 

No obstante, es en la relación que tiene con la mafia que su papel como protagonista se ve enriquecido. A él únicamente le incumbe su negocio. Es, en primera instancia, un adulto mayor tan carismático como cualquier abuelo querendón, pero no se inmuta ante la presencia de la mafia dentro de su sastrería, lo que podría definir un primer planteamiento moral, pero no es más que un elemento narrativo para definir su naturaleza como la de un hombre que prefiere evitar los problemas. Es impecable la construcción del personaje en ese primer acto y, de igual forma, la coherencia con la que va reaccionando a cada situación que se torna tan singular como peligrosa en el resto del largometraje. Eso sí, en una cinta relativamente corta y que no pretende enredarse con introspecciones ni cuestionamientos explícitos, queda desbalanceado el desarrollo de los demás personajes respecto al protagonista y, aunque ello juegue a favor del ritmo de la película, resta posibilidades de darle un final robusto a la historia, que no por ello deja de ser satisfactorio porque las intenciones están planteadas desde la estructura inicial.

Esta estructura está pensada para que no se muestren secuencias ni planos fuera de la sastrería porque importan poco o nada y si es que sucede algo en el exterior que afecte a la trama principal, el libreto encuentra la manera adecuada de introducirlo mediante diálogos orgánicos o elipsis ejecutadas a la perfección. Aquello se suma a todos los recursos técnicos y narrativos que utiliza Moore para evitar una situación extenuante y monótona. Convenientemente, el diseño de producción ubica una pequeña sala de recepción en la entrada, así como un cuarto posterior al salón principal. De esta manera, la acción se va desplazando entre estas tres habitaciones que podrían adquirir un significado en el sentido figurado de acuerdo con los hechos. En efecto, por ejemplo, la conversación que sostiene Leonard con Roy en la que escarba en su pasado se da en el cuarto posterior, que representa un espacio privado para el propio sastre. La utilización de la cámara y el montaje cooperan para esta conexión entre lo explicito y lo implícito, a pesar de la indudable complicación de filmar en ambientes que dificultan la movilidad.

Todos los elementos conjugan para llevar emoción hasta la conclusión del largometraje, que es cuando empieza algún fallo más notorio en una escena que se asoma disruptiva con lo visto hasta ese momento. Se entiende el objetivo de incluirla para completar el perfil del protagonista, pero resuelto el misterio quizá hubiese sido mejor haber buscado una alternativa de contar aquello en la escena inmediatamente previa. No es un suceso que resquebraje todo el mérito que la cinta ya tenía conseguido, pero es una pequeña mancha que impide un resultado mucho más pulcro.

Más allá de eso, The Outfit es una cinta muy entretenida que economiza sus recursos y esconde favorablemente sus costuras para manufacturar una producción que prioriza la generación de suspenso, tal cual un sastre utiliza retazos para crear un traje elegante. No contiene elementos rimbombantes, pero tampoco los necesita porque es en los hechos comprimidos en poco tiempo y espacio que puede lograr la atmósfera y el tono correcto para una película cercana a la excelencia que logra más de lo que pretende.