Premios Óscar: «A Complete Unknown» (2024), la balada de Robert Zimmerman


Es normal que cualquiera quiera ser Bob Dylan. Pensémoslo bien por un momento: los lentes oscuros, la chaqueta abierta, el cabello en remolinos, la guitarra al hombro, el cigarrillo en una mano y la pluma en la otra. Dylan, ícono de la contracultura, estrella pop en empaque folk, díscolo y disidente, a medio camino entre un poeta beat y músico de protesta, a ratos héroe vernacular y a ratos rolling stone, es el tipo de personajes que funciona muy bien como protagonista del cine, un tipo de ficción necesaria para hacerse un lugar entre los movimientos revolucionarios y la cultura alternativa. El problema, claro está, reside en que esta imagen de Dylan, el músico de la voz rota y las palabras precisas, no se sostiene en la realidad. ¿Quién es pues, Bob Dylan? ¿El Robert Zimmerman que abandonó Minneapolis para cantarle una canción a Woody Guthrie? ¿El pelucón que toca canciones folk de madrugada en clubes de Nueva York o el rockero desaliñado de finales de los sesenta? ¿El cristiano evangélico que vuelve a nacer en los 80 y que toca música religiosa? ¿El cantante de la voz ronca de los 90? ¿El poeta que gana un Nobel y no asiste a la ceremonia? El punto de Bob Dylan es que, como figura y concepto, necesita fragmentarse y dispersarse de forma permanente, hacerse abstracta, absurda, y atraer a todos sin convencer a nadie. 

Esta tensión entre un Dylan y el otro es el punto de partida de A Complete Unknown, el biopic que firma James Mangold sobre el hoy octogenario músico y artista. Mangold, cercano a las historias formulaicas de famosos como la de Johnny y June Cash en Walk the Line (2005), parece la opción natural para hacerse con la historia de Dylan, un film que dice muy pocas cosas nuevas sobre el músico estadounidense y lo que dice lo hace con música. De hecho, Johnny Cash aparece en A Complete Unknown, casi como una figura providencial que guía a Dylan frente a las constantes amenazas de los puristas folk y las groupies fanáticas que esperan se comporte como una estrella de rock. Es el tipo de recursos fortuitos del biopic que A Complete Unknown usa constantemente, junto a los convenientes saltos en el tiempo, la alteración histórica, el montaje ágil y la exageración dramática. La película, que no se atreve más de la cuenta y que parece cómoda con jugar a la segura, hace un caso persuasivo para convencernos de la vigencia de la música de Dylan, la fuerza de sus palabras y, sobre todo, la relevancia de hacer canciones como las suyas: canciones que, de una forma u otra, no podrían haber sido escritas por nadie más. 

Dylan es traído a la pantalla por Timothée Chalamet en una interpretación que se torna más convincente conforme avanza el film. El film lo sigue en 1961 y 1965, y cada mitad sirve para incidir en un punto de quiebre en la vida del protagonista: en el 61 Dylan decide hacerse músico, y en el 65 decide hacerse artista. La película sigue la historia de Dylan por la contracultura folk y blues de inicios de los 60, la música combativa y de izquierdas que se erige como respuesta ante la crisis del EE UU en la Guerra Fría. Dylan, devoto de Woody Guthrie, va hasta el hospital donde este es tratado y le canta una canción que compuso en su honor. Allí conoce a Pete Seeger, padrino de la música folk, interpretado con dulzura y amabilidad por Edward Norton. Seeger lleva a Dylan hasta lo alto de la industria del folk, pequeña, pero sustentable, dominada por figuras como Joan Baez (una memorable Monica Barbaro), que pronto quedará prendida del misterioso cantautor de Mineápolis. 

Esta primera parte sirve, en buena medida, como un ejercicio de exposición, una forma de resolver preguntas que buena parte de la audiencia se está haciendo, aún cuando ya tienen una respuesta. ¿Qué llevó a Dylan a escribir himnos de protesta como «The Times They Are A-Changin’» y «Blowin’ in the Wind». ¿De qué amor roto habla cuando compuso «Like A Rolling Stone»? ¿Cómo es que un judío americano de una pequeña ciudad en el centro de EE UU llegó a los charts de la música folk con canciones inquietantes como «A Hard Rain is Gonna Fall»? El guion de Mangold y Jay Coks revisa con sinceridad, pero poco detalle, distintos momentos en la vida de Dylan este período, la compleja relación con Baez y el tórrido romance con Sylvie Russo (una muy convincente Elle Fanning), quizás la primera persona en desenmascarar la mayoría de patrañas que Dylan hace pasar por verdades. 

Astutamente el film corta a 1965, con un Dylan saturado por la fama y harto de tocar las mismas canciones folk cada noche. “Quieren que cante «Blowin’ in the Wind» para siempre”, dice Dylan, y tiene razón. Tenso e irascible, Dylan, como un feligrés que ha perdido su fe, encuentra la salvación en forma de guitarra eléctrica. Aún llevando la armónica en el cuello y con letras aún más ambiciosas que las de antes, Dylan se torna eléctrico. El eventual punto de clímax en el film (al parecer cada biopic de Hollywood debe tener uno) es el Festival de Newport en 1965, en el que Dylan tocó folk rock y fue acusado de Judas por los puristas folk. Lo mejor de la segunda parte es la interpretación de Chalamet, que hace de un Dylan parco, melancólico, totalmente distante y confundido, alguien siempre desprendido del resto, sin estar seguro de su lugar en el mundo. El drama de Dylan, escrito muy superficialmente en el film, es más convincente a través de su música y la forma en que Chalamet la lleva a la pantalla, con un timbre de voz suficientemente cercano al original, con esos matices canción a canción que definen la voz de Dylan y su presencia enigmática en el escenario. 

La idea de que Dylan es un completo desconocido llega a ser convincente en el film. Casi nunca tenemos una mirada profunda a los conflictos individuales de Dylan con sí mismo ni con el resto. La relación con las dos mujeres funciona más por los actores que por los diálogos, que, aunque siempre correctos, nunca buscan la confrontación adecuada. La eventual partida del folk hacia el rock es filmada sin poca atención al detalle, con algunas sugerencias en la primera parte y cierto tono dramático en la segunda. Puede que, en parte, ofrecer una mirada superficial de Dylan sea el punto: nadie tiene muy claro quién es, y el film no tendría por qué intentarlo. Pero ese no es el problema de fondo. No es que el film no sea adecuado con las respuestas, sino que, más bien, no parece hacer suficientes preguntas. 

Lo que salva A Complete Unknown de ser un biopic demasiado formulaico y convencional (y de Dylan, para colmo) es la dirección de Mangold, sorpresivamente refinada e inteligente, quizás su mejor trabajo tras la cámara hasta la fecha. Mangold filma a los personajes en planos medios y primeros planos, con la música de guitarra siempre en el fondo, con una cámara que flota más de la cuenta sobre los actores, lo que deja un necesario toque de intimidad en la mayoría de escenas.  A diferencia de la mayoría de biopics musicales, Mangold hace que su película adopte el ritmo pausado y afectuoso de una canción folk en lugar de un montaje demasiado rápido y acomodadizo. Y lo más importante es que, ante todo, Mangold confía en las canciones. Pensémoslo bien. La mayoría de las canciones se cantan enteras, se filman en pocas tomas, y con un trabajo vocal bastante destacable. Mangold deja que esas se extiendan y que la audiencia tenga que dejarse convencer por la música de Dylan, siendo el film apenas un dispositivo distinto para hacerla llegar a la gente. 

Las canciones componen casi la mitad de A Complete Unknown y suenan muy bien. Puede que, a su modo, el film sirva más como un conjunto de postales intimistas sobre la vida de Dylan, una excusa para entrelazar una canción y otra, darles alguna excusa narrativa para su inclusión y relevancia en la pantalla. No es queja. Cuando la mayoría de películas contemporáneas te dicen donde y cómo mirar, este film, aunque sea, te da la posibilidad de escuchar, y escuchar por tu cuenta. Creo que ese es el punto final del film. Lo poco que conocemos de Dylan es por su música. Es socialmente torpe con sus amigos, malagradecido con sus mentores, irrespetuoso y volátil con sus amantes, incapaz de expresarse bien con las palabras si no están escritas en verso. Un tipo que miente constantemente sobre su origen y que no parece cómodo en ninguna parte, excepto en el escenario, con una guitarra, sus letras y su voz. Su única verdad está en sus palabras, y su rebeldía queda reflejada en el aparatoso riff de una guitarra y un coro apasionado que suena hasta el infinito. Supongo que le puedo perdonar a Mangold y compañía el haber hecho un film tan ordinario sobre alguien que es todo menos eso; total, cualquier cosa que ponga la música de Dylan de moda otra vez merece clemencia. Eso sí, no puedo creer que, teniendo la oportunidad, no haya incluido la que quizás es su mejor canción, «Desolation Row». Quizás sea porque dura 11 minutos y añadirla al film sería un riesgo. ¿Pero que acaso no lo haría el propio Dylan?


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