Pieces of a Woman, la primera película en habla inglesa del director húngaro Kornél Mundruczó, nos presenta una tragedia clásica situada en la contemporaneidad, nos contextualiza en la vida cotidiana de una joven pareja apunto de tener a su primogénita, ambos poniendo todas sus expectativas en el momento en que por fin la podrán llegar a ver. Rápidamente, la ilusión de los personajes empieza a contrastar con la paleta de colores fríos y poco saturados del ambiente invernal de un Estados Unidos que nos remite al de “Manchester by the Sea” de Kenneth Lonergan. No es coincidencia que ambos toquen temas de profundo duelo. El largometraje, estrenado en Netflix este mes de enero, no pierde tiempo en transportarnos a momentos tensos que nos preparan para lo que pasará, los diálogos iniciales nos sitúan en la relación incómoda entre la familia de Martha (Vanessa Kirby) hacía Sean (Shia Labeouf) pero también nos muestran la emoción de los próximos padres por la anticipación de la llegada de su hija. El filme logra un buen balance en contarnos el contexto y tensiones de la pareja y a su vez, el amor que se tienen y que están guardando para su hija. La emoción incontrolable que solo quienes serán padres por primera vez experimentan.

Pronto entramos en un perfecto plano secuencia en el que acompañamos a Martha y Sean durante el trabajo de parto casero que han decidido hacer. El trabajo que Vanessa Kirby hace con este papel es realmente remarcable y en particular en esta larga secuencia, en la que mediante gestos, gemidos y miradas atraviesa por una amplísima gama de emociones. Todo parece ir dentro de lo normal dentro del contexto de un parto en casa hasta que poco a poco la tensión va aumentando. El filme nos obliga a prestar atención a los detalles, estos son claves en la historia. La partera, quien comienza positiva y simpática empieza a cambiar sus expresiones gradualmente, los padres comienzan a preocuparse, pasamos de la tranquilidad y armonía al terror en cuestión de segundos, es una secuencia que se percibe en silencio, sólo oímos los gemidos de dolor de Martha y las órdenes de la partera por sacar a la bebé lo antes posible. El espectador está probablemente cubriéndose la boca del terror de lo que podría pasar. La partera le pide a Sean que llame al 911, él corre en pánico para poder hacerlo, Martha da finalmente a luz  y ambos cogen a la bebé, pero el momento de felicidad es destruido tan solo unos segundos después, cuando notamos que el bebé empieza a ponerse morado. Llega la ambulancia y Sean corre tras ella. Sabemos lo que ha ocurrido y sabemos que luego de ello, Martha no podrá ser nuevamente ella,  aparecen los créditos: Fragmentos de una mujer.

No recuerdo una mejor introducción que esta secuencia perfecta e increíblemente dolorosa de lo que esta pareja acaba de experimentar y de lo que nos depara el resto de la película. Kata Wéber (la guionista) deja claro todo lo que debemos saber para continuar en la función, esta historia es sobre la pérdida y lo que queda luego de haberte despedido de una parte de ti, en una palabra el filme nos habla del duelo en su más profunda expresión.

El largometraje, que además fue producido por Martin Scorsese, trata el paso del tiempo con mucha delicadeza, nos plantea la cuestión tan debatida de si realmente el tiempo puede llegar a sanar las heridas. El tiempo en la historia pasa tan ligeramente como si no hubiese ocurrido ningún gran acontecimiento, esa distancia fría del paso indolente del tiempo recae también en Martha, que no logra superar ni afrontar los sucesos que ocurrieron. El paso de los meses nos son presentados mediante planos estáticos y contemplativos, el autor plantea la duda de si acaso el tiempo y la calma con la que es planteada es indiferente a los eventos desarrollándose. Hay una reflexión acerca de que carecemos de poder para controlarlos, vemos pasar meses hasta casi un año mirando la construcción de un puente, aquella es una metáfora para retratar el paso del tiempo y las etapas del duelo por los que pasan los personajes, especialmente Martha. Además, era el puente en el que está trabajando Sean, quien juró que sería su hija la primera en cruzarlo. 

La vida continúa a pesar del dolor de la pareja, ambos tratan de insertarse sin éxito dentro de lo que su vida era antes de su pérdida, el cuerpo de Martha actúa como si su bebé estuviese viva aún. El dolor envuelve cada acción de su cuerpo, camina cubierta de él. El duelo cobra forma como un personaje más dentro de la narración. Una sombra que le lleva a actuar de ciertas maneras, formas que el resto de su entorno no terminan de entender y frente a la cual se sienten agredidos. Como se ha mencionado antes, esta es una película que busca enfatizar en los detalles, el rechazo hacia Martha se ve hacia los bordes de los encuadres, el centro está en ella pero las miradas y gestos de lástima están presentes siempre hacia los extremos de los encuadres, como si tratáramos de no verlos pero que aún así no pudiéramos escapar de ellos. Por momentos, esta sombra del duelo se vuelve literal, vemos a una Martha regresando a trabajar sin poder caminar correctamente por el pañal que debe llevar o mojando su blusa con leche que aun produce cuando ve a una niña. Su cuerpo  responde como el de una madre, pero además el de una mujer que carga el estigma de haber perdido a su hija. Martha se vuelve un símbolo de la tristeza, las caminatas comienzan a ser pesadas porque todos los ojos van hacia ella con lástima, una lástima de la cual no logra liberarse.

Martha trata de avanzar, de aceptar la muerte de su hija y de producir algo útil con ello, en paralelo está envuelta en un juicio que su familia está gestionando contra la partera. Un juicio del cual ella se siente completamente ajena. 

Es muy interesante la manera en que Mundruczó comienza a retratar a una Martha abstraída, ella no busca formar parte de nada pero a la vez trata de ser lo más honesta posible, de encontrar qué parte de ella continúa dentro de sí misma. Martha se retrae cada vez más de sus seres queridos y de la vida que llevaba previo a la tragedia. El duelo además funciona como una bomba atómica y empieza a afectar a su esposo, a su madre y al resto de su familia. El retrato del duelo en los distintos personajes, el poder de luto, es el verdadero tema que estamos tratando, el tiempo y como no logra curar las heridas con su simple pasar, sino que agudiza el dolor de los afectados por la tragedia.

El filme logra comunicar mucho con los gestos que Vanessa Kirby nos entrega una y otra vez, un par de miradas, un ligero movimiento de cuello, las uñas negras que cada vez van despintandose más y más desde el día de su parto. Es un largometraje que se apoya en las metáforas para contarnos lo que pasa dentro de la vida de los protagonistas. El puente que Sean estaba tan animado en construir para que su hija lo pudiese cruzar, continúa gradualmente siendo construido, pero él ya no trabaja en él. Sean se retira del sueño de tener el puente terminado y a su vez se retira de su vida en Boston y de la vida que mantenía con Martha. 

El tiempo continua pasando indolente y Martha debe enfrentarse a su verdad sobre lo que pasó durante el parto, es solo en el momento de clímax de confrontación en el que logra redimirse y finalmente poder hablar de lo ocurrido. El planteamiento visual de esta escena continúa con la línea de lo planteado previamente, vemos una vena del cuello de Martha pronunciándose cada vez más, agresivamente, conforme las preguntas se van intensificando y las pupilas de la partera dilatándose al escucharla, es casi una reflexión de cómo afrontar situaciones de alto estrés a un nivel profundo. Aquí se nos habla de la naturaleza animal de la que no podemos escapar los humanos pero que siempre termina atrapada en sistemas de orden en la sociedad, en este caso en un juicio, que finalmente ignora esa naturaleza salvaje de cada uno. 

Martha logra por fin, decir su verdad y es solo a través de poder hablarlo y recordar lo que sintió al coger a su hija por esos breves segundos que por fin puede ver un cambio de mirada, ya no es vista con lástima sino esta vez con valentía.

Finalmente el largometraje logra transportarnos por todas las etapas del duelo y nos lleva en primera persona a poder acompañar a quien lo padece y crecer luego de ello. El mensaje final es reconfortante y vemos cómo el personaje ha logrado una solución favorable desde una mirada casi onírica planteada desde la fotografía.

Pieces of a Woman es un perfecto retrato del duelo en su totalidad.