Stray (2020) es un documental que sigue las colitas de un puñado de perros callejeros habitantes de la ciudad de Estambul, película que ciertamente iría de la mano con Kedi (2016), de Ceyda Torun, que es similar, solo que con gatos. Con este par de archivos queda claro que la capital turca es la meca de los animales callejeros dado que una ley prohíbe su maltrato a perros y gatos sin dueños, quienes corretean libremente por las calles.

Ahora, la mirada de la directora Elizabeth Lo se toma un poco más literal el “seguir” a los animales. Su cámara es como la de los hermanos Dardenne, una especie de chicle que se pega a sus protagonistas. El hecho es que los canes a veces no hacen mucho, y pues mucho no sucede en la película.

Por otro lado, Stray nos desvía la atención a otro foco: los refugiados. En este caso vemos a un grupo de niños sirios que son vagabundos y además adictos al pegamento industrial, personajes que se ven frecuentemente combinados/relacionados con los perros. A propósito de esa “convivencia”, se fabrica una mirada social un tanto predecible y desgastada, y hasta posiblemente miserabilista. Es un documental que por momentos parece forzarse a pensar en los amantes de los perros, pero la coyuntura crítica social europea continuamente induce a la directora a mirar hacia otro lado.