La familia Mitchell vs. Las Máquinas” es una película que parece haber sido hecha a la medida para mí (o para cualquier otro cineasta o cinéfilo joven empedernido, la verdad). Después de todo, tiene como protagonista a una chica que, desde pequeña, ha soñado con dirigir películas, y que está a punto de entrar a la escuela de cine de sus sueños, por más de que sus padres no lleguen a comprenderla del todo. Es el filme perfecto para quienes siempre se sintieron fuera de lugar, demostrando que uno siempre debe seguir sus sueños, por más que los demás —incluyendo a sus parientes más cercanos— no los entiendan muy bien. Es un mensaje admirable, transmitido a través de una narrativa enérgica e hilarante.

Pero me adelanto un poco. Resulta evidente que “La familia Mitchell vs. las máquinas” resonó mucho en mí, pero eso no quiere decir que no vaya a ser disfrutada por aquellos que, a diferencia de su servidor, no tengan una obsesión (sana, por supuesto) con el cine y la cultura popular. De hecho, es ahí donde radica la belleza de la película: es una producción animada en 3D que apela tanto a los más pequeños de la casa como a sus padres, utilizando un estilo visual impactante, lleno de detalles, y presentando a personajes inicialmente arquetípicos, que poco a poco van demostrando mucha humanidad. Es un filme lleno de contradicciones; es increíblemente caricaturesco (en el buen sentido), pero a la vez, tiene tiempo para importantes escenas de desarrollo de personaje; y aunque critica fuertemente a las grandes empresas tecnológicas (como Apple), a la vez, da a entender que la tecnología no siempre es mala, ya que, en las circunstancias adecuadas, puede ser utilizada para crear cosas maravillosas.

Claramente, “La familia Mitchell vs. las máquinas” es una película que tiene mucho que decir, pero nunca se siente demasiado ambiciosa o inconexa. Lo cual no debería sorprender, ya que ha sido producida por el dúo dinámico de Phil Lord y Chris Miller (“La gran aventura LEGO”, “Spider-man: un nuevo universo”), quienes año tras año, han logrado demostrar que son unos maestros a la hora de combinar cultura popular, sátira social, y un sentido del humor anárquico y perfecto para los millennials y la Generación Z. Y aunque se trata del primer largometraje de los directores Michael Rianda y Jeff Rowe, su poca experiencia no se nota; “La familia Mitchell vs. las máquinas” es una película que entiende el formato y estilo de la animación en 3D a la perfección, utilizando todo tipo de recursos para generar diversas respuestas emocionales en el espectador. Sin exagerar, es de lo mejor que he podido ver en esta primera mitad del año.

La película cuenta la historia de Katie Mitchell (Abbi Jacobson), una adolescente que, como se mencionaba líneas arriba, ha estado obsesionada con el cine desde pequeña; de hecho, ha utilizado las diferentes películas caseras que grabó con su hermano menor (obsesionado con los dinosaurios), Aaron (el mismísimo Michael Rianda) y su perro, Monchi (Doug el Pug), para postular a una escuela de cine. Y aunque sus padres no terminan de entender su pasión por lo audiovisual —su madre, Linda (Maya Rudolph) es una profesora de primaria, y su padre, Rick (Danny McBride), es un amante de la naturaleza—, igual la apoyan en todo; tanto así, que las cosas parecen estar saliendo de lo lindo. En unos pocos días, Katie se irá de casa, e irá a estudiar a la universidad de sus sueños.

Pero todo esto es interrumpido por, lo crean o no, un apocalipsis robótico. Resulta que la compañía tecnológica Pal Labs (una clara sátira de Apple) acaba de develar a un nuevo modelo de acompañante casero: un robot que reemplazará a los smartphones Pal que (literalmente) todo el mundo había estado usando hasta ese momento. Pero cuando la inteligencia artificial detrás de los celulares, PAL (Olivia Colman) se entera de esto, decide rebelarse frente al CEO de Pal, Mark Bowman (Eric André), y reprograma a todos los robots ya construidos para que salgan de la base de Pal Labs, y secuestren a toda la humanidad. ¿Su objetivo? Mandar a todos los seres humanos al espacio, para que todas las máquinas de Pal Labs puedan adueñarse del planeta (al más puro estilo de la franquicia de “Terminator”).

El problema, aparte de lo obvio, es que todo esto se lleva a cabo justo cuando la familia Mitchell decide realizar un último viaje en carro para dejar a Katie en la universidad. Y por una de esas casualidades de la vida, ellos terminan siendo los últimos seres humanos libres en el planeta, por lo que tendrán que encargarse de acabar con todos los robots, y más importante, con la megalomaníaca PAL. Para esto, recibirán la ayuda de dos robots defectuosos que se niegan a seguir las órdenes de su nueva Jefa, Eric (Beck Bennett) y Deborahbot 5000 (Fred Armisen).

Por más de que la trama esté enfocada en un estereotípico apocalipsis mundial, son precisamente esos clichés los que le permiten a los directores y guionistas insertar todo tipo de guiños a otras películas de ciencia ficción. El hecho, además, de que nuestra protagonista sea una cinéfila, no hace más que justificar (de manera lógica) dichas referencias. Por ende, el filme inserta secuencias y diálogos que mencionan a “Mad Max”, “El amanecer de los muertos”, y muchas otras cintas apocalípticas. Agréguenle a eso todo el contenido satírico (algo me dice que ni siquiera consideraron tener a Apple como auspiciador en la película), y “La familia Mitchell vs. las máquinas” se convierte rápidamente en una experiencia muy rica, en donde la mayor parte de temas son desarrollados de manera entretenida y concisa, como parte de una narrativa que sabe exactamente qué quiere hacer y cómo.

Porque, fuera de la trama en sí, el tema principal de “La familia Mitchell vs. las máquinas” está relacionado a la familia. No, no es tratado con mucha sutileza, pero como se trata de una película que debe ser disfrutada (y entendida) por niños, aquella torpeza es comprensible. Además, es este aspecto de la narrativa el que resulta en los momentos más emotivos de la película. De manera similar a las producciones de Pixar, “La familia Mitchell vs. las máquinas” mezcla muy bien la acción y la emoción de una historia sobre un apocalipsis robótico, con momentos más bien sentimentales, en donde vemos a nuestros protagonistas dándose cuenta de que, por más de que tengan muchas diferencias, igual tienen que escucharse entre ellos y tratar de reconectarse. Puede que un evento como este sea una situación bastante extrema para ayudar a que, específicamente, un padre y una hija mejoren su relación, pero sirve para efectos de lo que el filme está intentando hacer.

Lo mejor, en todo caso, es que “La familia Mitchell vs. las máquinas” nunca tratar de forzar el desarrollo de sus personajes; toda escena altamente emocional se siente natural, como una extensión de la historia y del camino que están atravesando sus personajes. El conflicto con PAL es entretenidísimo, sí, pero lo que más vale en la película es el conflicto entre una adolescente que se siente incomprendida, y un padre que se esfuerza e intenta todo lo que puede, sin poder llegar a conectar completamente con su hija. Es una situación, pues, con la que muchos padres e hijos podrán relacionarse, y que eleva a “La familia Mitchell vs. las máquinas”, convirtiendo a la película en algo mucho más que entretenimiento desechable.

El estilo visual, además, ayuda a que uno simplemente se enamore del filme. La película utiliza animación en 3D pero con muchas características de caricaturas más tradicionales en 2D (como en “Lluvia de hamburguesas”, otra genial producción de Lord y Miller). Los personajes son extremadamente expresivos (ojos grandes, extremidades largas, movimientos fluidos), y parecen poder sobrevivir todo tipo de saltos y golpes. Además, la película incluye varios momentos en donde mezcla la animación 3D con los garabatos en 2D supuestamente hechos por Katie, lo cual ayuda a que uno sienta que está viviendo la historia desde su perspectiva; es muy efectivo, y además resulta en algunos de los momentos más graciosos del filme (solo recuerden el “Rick Mitchell Special”). “La familia Mitchell vs. las máquinas” es una película con un estilo muy propio, colorido y algo hiperactivo, que además utiliza varios trucos de edición (breves flashbacks, imágenes desde la cámara de Katie, narración en off) para terminar de solidificar la narrativa.

Las actuaciones de voz, por otra parte, son todas de muy buen nivel (sí, vi la película en su idioma original, lógicamente). Abbi Jacobson logra otorgarle mucha energía y pasión a Katie, convirtiéndola en alguien muy entusiasta, pero jamás desesperante; resulta fácil empatizar con ella, sean fanáticos del cine, o no. Danny McBride interpreta a Rick como alguien conservador, obsesionado con la naturaleza, y muy alejado de la realidad tecnológica del mundo. Maya Rudolph convierte a Linda a una mujer cálida y comprensiva; Michael Rianda es sorprendentemente creíble como Aaron; Olivia Colman es simplemente PERFECTA como una inteligencia artificial megalomaníaca (sí, esto es un cásting perfecto), y para mi sorpresa, Monchi el Perro (quien se roba la película entera, dicho sea de paso, con sus ojos enormes y poca inteligencia) es interpretado por un Pug real llamado Doug. Huh.

Creo que queda claro que la pasé muy bien con “La familia Mitchell vs. las máquinas”. Se trata, pues, de una producción que cuenta con todos los ingredientes balanceados que toda película de animación debería tener: humor, emotividad, acción y espectáculo. Los elementos satíricos son leves pero funcionan muy bien, la trama es engañadoramente sencilla pero es desarrollada de manera inteligente, los gags son casi todos hilarantes, los personajes atraviesan por arcos de crecimiento muy creíbles (con que muchos miembros del público se podrán identificar), y la protagonista es, de manera muy sutil, LGBT (esto último podría considerarse como queerbaiting, pero a la vez, me gusta que lo hayan insertado de manera natural, como debería ser). 

Es una pena, pues, que no podamos disfrutar de “La familia Mitchell vs. las máquinas” en la pantalla grande —otra consecuencia de la terrible pandemia por el Covid-19, para variar—, pero igual vale la pena que la vean en casa. Se trata de la mejor película de animación que he visto en lo que va del año, y seguramente, de un filme que terminará siendo incluido en mi Top 10 del 2021. Esta sí que fue una grata sorpresa.