La serie 100 días para enamorarnos nos propone que revisemos el consentimiento en nuestras relaciones en pleno siglo XXI. Se trata de una adaptación de la telenovela argentina creada por Sebastián Ortega, la cual fue transmitida inicialmente en Telemundo y cuenta con 92 capítulos. 

La crítica sobre cómo nos vinculamos empieza desde el primer episodio, en el que se muestra cómo Plutarco y Constanza, una de las parejas protagonistas, no puede conquistar un espacio propio para reconfigurar su matrimonio. Pero no me refiero a un espacio físico (pues están celebrando en su casa el cumpleaños de ella rodeados de amigos) sino a un espacio entendido como la conformación de una identidad en conjunto, un nosotros que no haga que se maltraten mutuamente. Al no saber qué va a pasar en su crisis matrimonial, deciden firmar un contrato de 100 días en el que expresan su deseo de separarse por un tiempo para saber si se extrañan. 

La firma del contrato es particularmente significativa porque, como dicen los psicólogos, estamos en la era de las mujeres deseantes, en contraposición a las mujeres que esperaban por un hombre, pertenecientes al siglo pasado. Hoy en día, el espacio público es de ellas también y la serie lo registra cuando muestra a Constanza yendo a las cortes a trabajar como abogada. De esta manera, la serie va en paralelo a otros productos cinematográficos, como 50 sombras de Grey, un éxito comercial que también se centra en relaciones contractuales y que nos dio las coordenadas sobre la era en la que vivimos: un momento en el que los personajes estereotipados (los solterones, la desamparada o los ricachones) están cuestionados, pero en la que los vínculos se han vuelto estereotipos ya, porque todos pasan por lo mismo: la necesidad de consentir antes de arriesgar. Hoy tenemos el poliamor, el concubinato, los matrimonios abiertos y cada vez más otras manifestaciones contractuales del amor. Esto indica que nuestra era será la del consentimiento afectivo antes que el legal, lo cual constituye la revolución del amor en el siglo XXI. 

Igualmente interesante es cómo muestra la serie el proceso de transición de mujer a hombre de un personaje, llamado inicialmente Alejandra. Se trata de una representación honesta de la transexualidad, pues este joven se permite destruir en la pantalla una identidad que no le corresponde, a través del diálogo con expertos que le guían, lo que contribuye a quitarle los prejuicios a un proceso que todavía es un tabú. Por un lado se muestra la importancia del acceso a la información y por otro se hace énfasis en que él no intenta ostentar el título de “el transexual del colegio” para desafiar a las autoridades sino que desea ocuparse de su cuerpo/identidad, porque sabe que de no hacerlo puede lastimarse y lastimar a otros. Por ejemplo, el vendaje con el que presiona su pecho le saca cicatrices y ocultarlo a su familia, también. Ambos procesos (el de curarse física y emocionalmente) van de la mano porque al verse descubierto por su madre, le lleva a entender que no tiene que usarlo más y que su principal temor (que otros paguen las consecuencias de su diferencia) no tiene asidero, pues estarán para apoyarlo. Además, si algo de bueno tiene la construcción de este personaje es que nunca pierde su condición de adolescente a pesar del drama que vive: su principal característica es intentar sacrificarse para no herir a nadie, querer salvarlos de su conflicto personal. Por último, la actuación de Macarena García es preciosa porque tiene una voz y una capacidad asombrosa para transmitir vulnerabilidad. Su timbre es muy suave y con ello destaca la inmadurez y la necesidad de aprobación de Alex.

En cuanto al personaje de Remedios, la hermana de Constanza, cabe destacar que no es digna de celos, que no es lo mismo que ser celada. En la ficción ella tiene varios pretendientes que sistemáticamente la celan, pero a su personaje no se le reconocen casi defectos que otras mujeres puedan admirar. Ella es evidentemente dependiente, inmadura y representa todos los estereotipos del amor romántico, excepto por la forma moderna en que asume ser la madre de un hijo transexual, lo cual salva su representación en pantalla. 

Para finalizar, si algo tiene la serie es la valentía de hablar de temas que en el contexto latinoamericano todavía no se discuten. El casting fue bien seleccionado (a pesar de ciertos estereotipos que se cuelan ahí) y los conflictos entre padres e hijos también son relevantes, porque muestran la brecha generacional, pues a los padres de hoy se les critica cada vez más que les está costando mucho poder sostener posiciones parentales. Pero eso es tema de otro artículo.