El cuadro trágico de la nueva película de Rodrigo Moreno en principio me retrae a Maridos (1970), de John Cassavetes, a propósito del deceso de un miembro del “grupo”. El hecho es que el vínculo que se establece entre los protagonistas del peruano es completamente distinto a la del director estadounidense. Cassavetes emprende una historia sobre la amistad, tópico que es un tanto dudoso en LXI (2021). Sucede que aquí estamos tratando con personas que no se han visto desde hace mucho tiempo, ello efecto de uno o varios resentimientos que se originaron años atrás en una fecha específica. El internamiento a este círculo, en consecuencia, equivale a la indagación de las incidencias de ese evento, el reavivamiento del recuerdo y las emociones del pasado que los obligaron a distanciarse. Ahora, al igual que en el filme de Cassavetes, en la historia de Moreno la muerte genera un punto de inflexión en la cotidianidad del resto. Se inaugura de esa manera un panorama sobre individuos cargando un aire de resignación, tocados por la incertidumbre o el fracaso personal. Es decir, la muerte cumple con esa función natural y cuestionadora que recae en los vivos, los expuestos a la mortalidad, quienes parecen haber despertado de un sueño.

Ciertamente, es significativo que la mala noticia sorprenda a Humberto (Javier Saavedra) en cama a plena madrugada. Es justo este personaje el que parece ser el más expuesto a una constante introspección personal. Como todo estado de meditación, es un recorrido que es preciso se haga en solitario, lo que se concreta en esa historia alterna a la principal: él rodando por las pistas en dirección a un lugar que tal vez le ayude a ordenar sus pensamientos o hallar las respuestas a sus interrogantes. LXI es un relato en donde los personajes están en cierto modo a la deriva. Aunque digan lo contrario, siempre la muerte altera el orden o descubre eso que siempre ha estado desorientado. Es también una realidad que alienta a ser espontáneo, sincera hasta el más cerrado, ablanda al más duro. Un personaje de Moreno me recuerda nuevamente a los protagonistas de Maridos, típicos estereotipos machistas que se resisten a hincarse ante el dolor, posición escapista. Ahora, este personaje no garantiza que el resto muestre susceptibilidad ante la pérdida o dé la cara a los conflictos internos o externos que se suscitan en el escenario. En LXI, vemos a personas que reaccionan indistintamente de los otros, obviamente, basadas en lo que fue su relación con el ausente y en su propia personalidad. El luto no se ajusta a uno o un par de moldes.

Así como en tantos filmes sobre reencuentros, la conmemoración de algo o alguien no es más que una excusa para que el autor describa diversos sentimientos personalistas o uno generacional. LXI tiene de ambos. Si bien gran parte del drama rueda en torno a la pérdida del (ex)amigo o a los conflictos personales de cada uno, existen conflictos compartidos propios de su generación. Moreno pone a interactuar a sus personajes mediante argumentos universales, pero también están los propios de una coyuntura del pasado. Esta reunión improvisada no solo es el escenario para reavivar conflictos naturales, sino también los sociales, los de una época específica, que contuvieron traumas políticos o malentendidos ideológicos que al preservarse ampliaron la brecha política y social. Por un momento, la historia de esta generación resignada y melancólica me recordaba al cine de Ezequiel Acuña -productor asociado de este filme-, sin embargo, el argentino es de un idioma tragicómico. Por su parte, Rodrigo Moreno orienta su historia a una tendencia puramente dramática. Su acción, en gran parte, circula en plena nocturnidad. No es como Maridos que inicia a pleno día y se abre al ocaso. No es el trago ni lo ausente o el mismo pasado del grupo; los personajes de LXI, desde un principio, ya estaban dominados por una tendencia afligida.

Dato: Vean aquí “LXI” en el Festival de Cine de Lima.