Aunque la mayor parte del mundo sigue afrontando las nefastas consecuencias de la pandemia, sea por las variantes del bicho, los antivacunas o el resto de humanos indisciplinados, los grandes festivales de cine han proclamado el fin de la pandemia por todo lo alto, restableciendo alfombras rojas y estrenos mundiales de acceso limitado. Atrás queda el experimento de We Are One o la generosidad de algunos festivales que, pese a apostar por modelos híbridos, han vuelto a reservar lo mejor para sus invitados presenciales. La decisión es justificable por la urgencia de reactivar la exhibición cinematográfica tras ser puesta en coma con cada nuevo confinamiento. Los festivales son conscientes que la tantas veces pronosticada muerte del cine puede concretarse si no reivindican la experiencia de las salas frente a la supremacía del streaming. Pero los mismos parecen olvidarse de que hay títulos que siempre nacen y mueren dentro de sus programas, que apenas consiguen distribución en el hemisferio norte y que en el resto del mundo están condenados a la descarga o comercialización piratas. El fin del cine como séptimo arte paradójicamente depende más de este grueso de películas desapercibidas y no de las ganadoras de palmas o leones que irán a parar en algún canal de distribución planetaria.    

El Atlàntida Film Fest ha afrontado esta crisis mejor y más pronto que otras instituciones desde que se erigió como el primer festival online de España en 2011. Este proyecto visionario fue concebido por la plataforma de streaming española Filmin, la misma que ha servido de anfitriona digital de otros festivales durante, pero también mucho antes de, la pandemia. Aunque comenzó con secciones de competición, el Atlàntida actual es un festival antológico que reúne títulos de procedencia europea que pueden haber pasado previamente por otros festivales internacionales pero que son inéditos en España. Desde 2016 sigue un modelo híbrido con un componente presencial en Palma de Mallorca a fines de julio que incluye conciertos, conferencias y homenajes como los recibidos este año por Judi Dench y Stephen Frears. Algunos títulos como la última excentricidad de Leox Carax, Annette, se reservan para esta fase del festival. Felizmente el grueso de su programación, que supera el centenar de películas, se extiende y permanece en Filmin a lo largo de agosto. 

A continuación comparto diez películas destacables de esta edición en orden descendente:   

The Most Beautiful Boy in the World (2021)

“El chico más hermoso del mundo” es el título que el laureado director Luchino Visconti le confirió a un adolescente Björn Andrésen cuando fue elegido para encarnar a Tadzio, controversial objeto de deseo en “Muerte en Venecia” (1971). Lo que habría supuesto el inicio de una prometedora carrera aquí se revela como el primer peldaño hacia un infierno de abusos y decepciones que no hizo más que agudizar la tragedia personal de Björn. Este documental íntimo acompaña al envejecido sueco en su viaje por los lugares y momentos que marcaron su accidentada trayectoria, partiendo con la infame audición donde un abominable Visconti ordena tomarle fotos en ropa interior con la aprobación de su abuela negligente. También le acompaña en su intento por aclarar la misteriosa y temprana muerte de su madre, una figura determinante en el futuro comportamiento inestable de Björn. La carga sombría del documental se compensa con curiosidades como que el sueco sirvió de inspiración para crear a la heroína japonesa Lady Oscar, algo que ratifica el exotismo que despertó en su juventud. También hay secuencias experimentales que refuerzan las emociones transmitidas por la narración de Björn. Su caso se adhiere al de otros actores que han comenzado a denunciar los crímenes que sufrieron como menores de edad en una industria que todavía tiene mucho por responder.          

Mogul Mowgli (2020)

Riz Ahmed protagoniza una suerte de melliza de “Sound of Metal” (2019) en tanto que también narra la historia de un músico que ve su carrera truncada por un repentino problema de salud. A diferencia del baterista metalero con sordera del primer filme, aquí Ahmed interpreta a Zed, un rapero británico de ascendencia pakistaní que empieza a perder el control de su cuerpo a causa de una enfermedad rara que en su mente se manifiesta mediante una figura que lo traumatizó en su infancia: un cantante folclórico con el rostro cubierto de flores. El debut de Bassam Tariq es refrescante a nivel audiovisual, especialmente cuando interpreta los delirios mentales de Zed. También lo es a nivel cultural, al permitirnos entrar en una comunidad pakistaní londinense escasamente explorada de la mano de dos guionistas, Tariq y Ahmed, que comparten este mismo origen social. Ahmed nuevamente se apoya en su rol de músico para realzar el atractivo de un personaje complejo que se debate entre satisfacer las expectativas tradicionales de sus padres y alcanzar la fama como artista contracultural. En Zed también se encarna una lucha interna entre una identidad británica adquirida y un legado pakistaní heredado, una lucha con la que puede identificarse toda una generación de inmigrantes que hoy tienen mayor presencia en el tejido cultural del Reino Unido. 

Brother’s Keeper (2021)

Este filme turco a primera vista parece abordar una realidad específica de su país: la formación nacionalista de niños kurdos en un internado de Anatolia. Pero la trama en torno a Yusuf, un estudiante que intenta ayudar a su mejor amigo súbitamente enfermo, permite que cualquiera que haya sido alumno escolar pueda identificarse con él y apreciar las falencias aparentemente universales y atemporales de la educación primaria. El director kurdo Ferit Karahan no necesita de música ni de histrionismos para que su película destile drama a partir de una situación ordinaria que gradualmente se torna imposible de resolver, en buena parte por la ineptitud de los adultos. La densa nieve que mantiene a todos en estado de impotencia no hace más que resaltar las grietas de una burocracia educativa fallida que solo es un reflejo del inhumano aparato estatal, especialmente en relación con poblaciones subyugadas como la kurda. La emotividad y la convicción del guion se sostienen en un elenco magistral donde los adultos pasan de la frialdad a la desesperación y los niños de la vulnerabilidad a la rigidez emocional. Merecida receptora del premio FIPRESCI en la última Berlinale y reconocida también por el festival Cinema Jove de Valencia.

Tove (2020)

Biopic íntimo y moderno sobre la artista visual finlandesa Tove Jannson, mundialmente reconocida por concebir la tira cómica de los Moomins. Alma Pöysti encarna cabalmente a una mujer que vivió la posguerra sin remordimientos, buscando librarse de la sombra de su padre escultor y de las rígidas convenciones artísticas y sociales. Su refugio bohemio la conduce hacia la directora teatral Vivica Bander (Krista Kosonen) con quien mantendrá una relación escabrosa que le servirá de motor artístico pero a costa de su tranquilidad emocional. El filme de Zaida Bergroth logra capturar el espíritu libre que Jannson abrazaba no solo como creadora y sino también como mujer queer. Su baile frenético al son del “Sing Sing Sing” de Benny Goodman es una de las estampas inolvidables que deja una película que felizmente desafía el molde lacrimoso y predecible de otros biopics. Aunque no deja de tener sus momentos emotivos, la historia personal de Tove Jannson se define más por una mezcla de humor y sensualidad que resulta muy gratificante para ser una película europea ambientada en la posguerra. No es necesario ser conocedor de los Moomins para dejarse llevar por la indiscreta y valiente vida de su creadora.  

Coup 53 (2019)

Más que un documental, “Coup 53” es un riguroso y ambicioso proyecto de investigación de varios años cuya trama podría rivalizar con las de la saga de James Bond. Aquí el mismísimo MI6 es protagonista pero como una organización criminal que, junto con la CIA, impulsó la caída del régimen de Mohammad Mosaddegh en Irán, el primero de una serie de golpes de Estado “baratos” y teledirigidos por el bando capitalista a lo largo de la Guerra Fría. El director Taghi Amirani basa su proyecto en informes de la CIA desclasificados, entrevistas con familiares de Mosaddegh y del golpista Fazlollah Zahedi, y cintas de un viejo especial televisivo británico sobre Irán que fue parcialmente censurado. Su mayor contribución como texto histórico es la recreación de la entrevista omitida a Norman Derbyshire, el agente británico detrás del ataque definitivo a la residencia de Mosaddegh y por ende de la dramática involución política que vive Irán hasta hoy. Un soberbio Ralph Fiennes se encarga de dar vida al impasible agente Derbyshire en una entrevista que evidencia el instinto imperialista que se apoderó de los supuestos defensores de la democracia global. Su visionado es imprescindible en días en los que otra nación de Medio Oriente sufre las consecuencias de la cavernaria intromisión de Occidente.  

Kitoboy (2020)

Un filme ruso de paisajes opacos pero de espíritu luminoso que gira en torno a una comunidad pesquera recóndita de Siberia. A partir de una sesión de videochat erótico, un adolescente se queda prendido de una modelo anónima de Detroit. Con la inocente convicción de que el cariño es recíproco, y ante la monotonía que le rodea en su pueblo, Lyoshka fantasea con una relación a distancia con la modelo mientras intenta aprender inglés y se prepara para cruzar el Estrecho de Bering contra viento y marea, literalmente, sin saber cuan lejos está Detroit de Alaska. Phillip Yuryev combina neorrealismo con comedia y una pizca de realismo mágico en esta peculiar historia de transición de edad que incluye una representación honesta de amistad masculina entre Lyoshka y Kolyan. Las actuaciones de Vladmir Onokhov y Vladimir Lyubimtsev representan el corazón de una trama sencilla que no deja de tener sus sorpresas mientras se mueve entre una perspectiva documental rigurosa en torno a la comunidad esquimal y un tratamiento de comedia juvenil que puede rivalizar con los hechos en Hollywood. Una especie de “Paris, Texas” siberiano que logró alzarse con un par de premios en la pasada edición del Festival de Venecia. 

Todo a la vez (2021)

El chileno Alberto Fuguet continua el giro de tuerca en su filmografía que supuso la perversa “Cola de mono” con un documental más reflexivo pero no menos explícito en torno al homoerotismo. Aquí Fuguet recorre Barcelona de la mano de Paco Moyano y Manolo Rodríguez, una pareja sentimental y profesional de fotógrafos dedicada a la publicación de Kink, una revista especializada en hombres desnudos que se vende en librerías de arte y no en tiendas de sexo. Siguiendo la estela transgresora de predecesores como Robert Mapplethorpe o Nan Golding, Paco y Manolo explican las motivaciones, el proceso creativo y las recompensas de un proyecto por el que, como ellos mismo admiten, podrían ser encarcelados o condenados a muerte en otros países. Los fotógrafos también sirven de espejo a un Fuguet recientemente iniciado como artista abiertamente gay que prácticamente elabora una edición audiovisual de la revista incluyendo entrevistas a los modelos que posan para Paco y Manolo. Un proyecto que inevitablemente cruza la frontera de la pornografía pero que no deja de ser intelectualmente relevante precisamente por su discusión sobre los límites morales del arte y la sexualidad.        

Nackte Tiere (2020)

El drama de Melanie Waelde, Mejor Ópera Prima en Berlín, se adentra en un mundo adolescente inicialmente predecible que pronto se muestra crudo e incomprensible. Los protagonistas son un grupo de jóvenes alemanes que han huido de sus respectivos hogares para refugiarse en un modesto piso donde ser disfuncional es la norma. Entre todos destaca la pareja conformada por Katja y Sascha, los mayores y más atléticos pero también los más emocionalmente inestables y violentos. Su mundo se torna especialmente incierto ante el fin de los estudios y la inminente ruptura del nido provisional con los amigos. Waelde no propone otro estudio psicoanalítico sobre la rebeldía adolescente tanto como una reflexión empática sobre su vulnerabilidad e impotencia en un mundo que los desprecia conforme se van convirtiendo en adultos. De ahí que los diálogos ambiguos hablen menos del desarrollo de una historia y más de lo que los personajes sienten o desean. Waelde nos obliga a adoptar la visión convulsa de los jóvenes a través de una relación de aspecto cuadrada y de los distintos juegos de luces y movimientos de cámara. Es una propuesta inquietante y franca que puede ser frustrante para quien insista en buscarle un sentido moral.    

I Am Gen Z (2021)    

A diferencia del recargado y angustiante “The Social Dilemma”, que bien podría ser un comercial antidrogas de los 80, el documental de Liz Smith ofrece un análisis más reposado y minucioso sobre los riesgos psicológicos y físicos que implican las redes sociales para sus usuarios más rutinarios pero menos apropiados: los miembros de la afamada generación Z. Expertos en informática, psiquiatría y política ofrecen sus puntos de vista sobre el impacto negativo de la era digital en la sociedad global, poniendo el foco sobre los niños y adolescentes que se encuentran en primera línea de una embestida dirigida por los delirantes magnates de Sillicon Valley. Entre estas intervenciones se incluyen testimonios de jóvenes, varios extraídos directamente de sus perfiles en redes, que confirman la fuerte distracción y presión a las que están expuestos. No hay necesidad de dramatizaciones acartonadas como las de documental hipócrita de Netflix, aquí también identificada como causante de insomnio y aislamiento social. A pesar de pintar un presente y un futuro sombríos, Smith también reivindica las virtudes cultivadas por la generación Z en su intento por combatir el control y desgaste mental además de prevenir contra la depresión y el suicido entre sus miembros. 

Bienvenidos a España (2021)

Juan Antonio Moreno Amador dirige y narra un documental en torno a un grupo de refugiados que inician su incierto viaje hacia una ansiada residencia española desde un centro de acogida en Sevilla. Lo que podría ser un relato crudo y predecible centrado en los rostros desesperados que ilustran las portadas sobre la crisis migratoria europea se insinúa extrañamente colorido y optimista desde su título y selección de protagonistas. Desde un matrimonio de profesores libios musulmanes hasta un empresario venezolano católico pasando por un joven marroquí homosexual y una pareja lesbiana salvadoreña, esta pluralidad cultural refleja el alcance de la necesidad migratoria mejor que cualquier noticiario. Su interacción en ámbitos tan diferentes de la sociedad española como la procesión de la Macarena en Sevilla o el desfile del orgullo en Madrid muestra el potencial de inclusión de un país de similar complejidad cultural. Antes que pueda ser confundida con propaganda de marca país, Moreno Amador advierte de los obstáculos y amenazas a los que cualquier extranjero debe encarar en la España actual incluyendo la irrupción del partido ultraderechista VOX. La mirada del director no deja de ser algo sesgada pero reivindica al colectivo inmigrante mejor que los políticos más progresistas.

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Una decepción digna de mencionar por su despegue prometedor (y por su inminente condición de obra de culto) es The Show (2020), el debut como guionista del maestro del comic Alan Moore que destaca más por su dirección artística que por una historia atiborrada de diálogo. Por supuesto que hay otras decepciones que podrían incluir advertencias de peligro como Stardust (2020) o Shoplifters of the World (2021), especialmente si eres fan de los músicos a los que supuestamente rinden homenaje. Pero estos títulos no son más que pequeños tropiezos en la arena frente al reconfortante oasis veraniego que representa el resto de la programación del Atlántida. 

Su selección de películas en general exhibe una envidiable pluralidad artística que fluctúa entre la experimentación, el cine de género y la mirada intimista. También demuestra estar comprometida con la representatividad cultural y la paridad de género tanto delante como detrás de cámaras. Aún si abordan contextos históricos y culturales específicos a sus nacionalidades, la contemporaneidad de las películas es palpable pues se benefician de perspectivas y fenómenos actuales como la diversidad sexual o la inmigración. Al margen de sus diferentes presupuestos y enfoques, las obras seleccionadas por este festival comparten una misma apuesta por la modernidad cinematográfica, esa que ha distinguido al cine del viejo continente durante décadas. Ni siquiera los festivales de categoría A en Europa pueden jactarse de difundir el verdadero potencial del cine europeo con la convicción y generosidad que lo hace el Atlàntida desde una plataforma digital.

Pero el mayor mérito de este festival concreto es haber demostrado desde hace diez años de que es posible salvar al cine desde el mismo lugar del que surge su mayor amenaza. Sus organizadores han entendido que la clave está en salvar a los espectadores primero, no solo del abrumador hipnotismo hollywoodense sino también del desconocimiento sobre esas películas que nacen y mueren en los festivales presenciales. Esta formación de públicos es crucial para garantizar la continuidad del propio concepto de festival. Que este en concreto haya llegado a una décima edición y que lo haya hecho a través de un modelo híbrido es suficiente para constatar el éxito de su autentica misión cultural. La salvación de la experiencia física del cine, como si tratase de la propia Atlántida, pasa por la de sus cinéfilos. Puede que a Cannes o Venecia les baste con complacer a su selecto rebaño de mecenas y estrellas, pero cualquier otro festival debe asumir el reto de democratizar el cine mediante la difusión digital. Bastaría con que su programación llegue a ser la mitad de buena que la del Atlàntida Film Fest para que contribuya a la supervivencia del séptimo arte.