Existe una tradición de comedias sobre solitarios que aborda el cine independiente estadounidense. Pienso en The Station Agent (2003), de Tom McCarthy, o Starlet (2012), de Sean Baker, películas que presentan retratos de personas esforzándose por mantenerse al margen de la interacción humana, pero su encuentro con algún sujeto extrovertido provocará una fractura en sus rutinas. Aloners (2021) no está lejos de dicha premisa. En la historia esa solitaria es Jina (Gong Seung-Yeon), una joven que trabaja en un callcenter de atención al cliente, una apartada social que dentro de su escenario laboral es capaz de fingir una empatía que no manifiesta en su cotidianidad cada que cuelga sus audífonos. Estamos ante un caso de una mujer que transita sin percibir lo que acontece a su alrededor. Ni un temblor o un luto reciente parecen persuadir a Jina de reaccionar con una naturalidad humana. La ópera prima de la directora Hong Seong-eun, si bien resulta a primera vista una historia con brochazos de comedia y drama que se alinea a esa tendencia de la fílmica estadounidense, gesta un sentido comprometido dentro del contexto de Corea del Sur.

Aloners va más allá del simple relato que describe a un individuo al margen de los rituales humanos. Esta película resulta ser un panorama a un padecimiento generacional que se ha diseminado en el país. Es decir, Jina no es más que una representante de esa comunidad de personas que han decidido seguir una vida en solitario. Este es otra clase de ermitaño, uno que no se aparta de la ciudad, sino que se mantiene en el espacio citadino y ejerce con limitación sus rutinas para sobrevivir. Es, en efecto, un estilo de vida inapetente, acostumbrada a las labores mecánicas, abstemia de emociones o funciones ajenas a las relaciones humanas. Estamos tratando pues con un drama social, y no uno personal. Hong concientiza sobre las implicancias y síntomas de vivir como un holojok —de las palabras coreanas holo (solo) y jok (grupo)—. Jina es como un autómata que permanece en su propia burbuja, sea una cabina de llamada, sus audífonos conectados a su celular o su cuarto de alquiler; una serie de fronteras impenetrables incluso por los gestos más sensibles. Pero Hong quiere llevar al límite esta costumbre exponiendo a la joven a una circunstancia tan dramática como la reciente muerte de su madre.

Importante cómo Aloners decide descubrir un gesto de insensibilidad ante la pérdida de los familiares. Jina parece no reaccionar o mantenerse fiel a un resentimiento. No importa los antecedentes, lo crucial aquí es que estamos ante una reacción gélida. Hong nos obliga a pensar sobre qué tanto ha calado ese sentimiento colectivo del fanatismo por la soledad, siendo las relaciones familiares, no solo en Corea del Sur, sino en todo el continente asiático, un valor tradicional. Por ejemplo, hay mucha de esa reflexión en el cine japonés. Ahí está la filmografía de Yasujiro Ozu o la de Hirokazu Koreeda, cineastas que han relatado historias de hijos distanciándose de sus padres. Ambos coinciden de que ello es síntoma de sus modernidades correspondientes. Hong Seong-eun se suma a ese bloque de directores que piensan de que los distanciamientos sociales se están extendiendo y normalizando dado los cambios sociales. Dicho esto, Aloners es un claro drama. Muy a pesar, así como el cine indie estadounidense, una heroína, extrovertida —a medida de esa sociedad— y encantadora joven gestará esa fractura o despertar en Jian a fin de rescatarla de ese letargo emocional. En conclusión, es un drama que genera una corriente optimista.