Dramas personales y universales. En la película del trujillano Mariano Cumpa Burga, la historia de un joven boxeador nos remite al clásico Rocky (1976). El perro Martínez (2020) nos presenta a un deportista y una oportunidad que podría salvarlo de una realidad menesterosa y adversa. Así como el personaje de Sylvester Stallone, los antecedentes criminales pisan los talones del protagonista de Cumpa, lo que pondría en riesgo un futuro que parece prometedor. Muy a pesar de las coincidencias, la distinción argumental entre los dos filmes surge a propósito del razonamiento de los personajes. Mientras que Rocky es presentado como un individuo arrastrado por el conformismo o la resignación, Martínez hace ejemplo de un sujeto en plena rehabilitación y abrazando con optimismo el progreso. Es decir, El perro Martínez se aleja de la idea del sueño americano y más bien se inclina a hacer un relato realista y monocromático en donde son los propios individuos quienes fabrican sus oportunidades en razón a sus resultados. Es así como esta película se alinea al drama social a partir de la descripción de un escenario hostil que gesta daños colaterales que cortan las alas, aunque no necesariamente los ánimos.

Por su lado, Nuevos tiempos (2020), de Eduardo Orcada Villalva, de la región Junín, nos cuenta la convivencia temporal entre un abuelo y su nieto. Esta es la historia de una despedida que, ciertamente, no asegura un futuro retorno de quien está a punto de partir. Estamos ante una trama sobre la migración. Es una generación joven decidiendo abandonar el espacio rural para hallar un mejor porvenir en la ciudad. Ahora, no es un cortometraje que observa los vínculos que se establece entre el sujeto y el espacio y todo ese saber o rutina que implica el mismo. Orcada reconoce como centro del conflicto a la separación filial. Más allá de la incertidumbre por el futuro que depara a uno en otro espacio, está la incertidumbre por la ausencia del ser querido, disyuntiva que parece aflorar a la par en ambos personajes. Nuevos tiempos piensa en las consecuencias emocionales inmediatas que sugieren esos cambios de aires. ¿Qué sacrifica ese sujeto que abandona el terruño? ¿Es acaso algo que podrá ser reparable o reemplazable? Definitivamente, el drama aumenta tratándose de la distancia generacional entre estas dos personas, lo que acorta las posibilidades de un reencuentro y agrava la melancolía.

Último caso, La celebración (2020) asiste al conflicto ya clásico de familiares disfrutando de un día de agasajo hasta que alguien decide ser el aguafiestas a propósito de un viejo resentimiento. Este mismo conflicto lo define su homónimo danés (1998), así como la sueca The Reunion (2013). El director limeño Bryan Urrunaga relata la historia del regreso a casa de la “hija” que un matriarcado decidió desterrar años atrás. ¿Cuál fue el fruto de esa vieja rencilla? Ese es de hecho el punto crucial de tal tipo de conflicto; generar la expectativa en base a un antecedente desconocido o hecho difuso. ¿Qué tipo de ofensa fue esa? ¿Estamos ante un resentimiento justificado o uno fruto del orgullo o la exageración? ¿Es esta una historia de una pugna consecuente o material de una puesta telenovelesca? Son dudas que se genera el espectador y que el autor resuelve a medias. Es a propósito de esto que La celebración suscita un juicio impreciso. ¿Cómo evaluar pues una pugna tomando en cuenta una sola versión que de paso parece llevar consigo un cargamento de prejuicios? La película de Urrunaga gesta muchas preguntas, pero además un cierto sin sabor. Su final da la sensación de que los “buenos” han perdido el juicio al no facilitarles una defensa que pueda respaldarlos.

Podrán ver estas películas, de manera gratuita del 11 al 17 de octubre, en el sitio web del Festival de Cine de Trujillo.