No hay regreso a casa es la íntima ópera prima de la directora peruana Yaela Gottlieb. Es un recorrido físico, virtual, parental, consanguíneo, mnemónico. Es el esfuerzo de entender su propia identidad, explorando sus orígenes en las cómodas latitudes de Google y en las difíciles evocaciones y enunciaciones de su padre. Lo hace con el buscador a la mano y voz en off como narradora literal, poniendo el ciberespacio en pantalla, haciendo clic en mapas, entrevistando con las miradas y los guiños distantes del siglo XXI, visitando virtualmente la actualidad de calles de Rumania donde su abuela resistió el antisemitismo postnazi hasta que las abandonó en los años 60 para tantear un futuro en el joven Israel.

Hay varios niveles en la construcción narrativa. El título dice “no hay regreso a casa”. ¿Cuál casa? ¿Rumania, Israel, Argentina, Perú? ¿La casa de quién? ¿De Yaela o de Roberto?, su misterioso padre que a veces puede atraer la simpatía de su hija exégeta y del público que atestigua el merodeo filial, y en otros momentos espeta su sionismo y la disyuntiva personal de matar o morir en el conflicto de “su país” con Palestina. La película trasluce que no hay un lugar definitivo, aunque Roberto, al que Yaela tilda de “más viejo que Israel”, se decanta por el Estado que nació en 1948 con resolución de la ONU.

Yaela, millennial escéptica y frugal, salta de una locación gráfica a otra, se hace preguntas, las pronuncia en voz alta como personaje sesentero de Truffaut, las escribe de puño y letra y las graba, antes de decírselas a Roberto. Una especie de making of de su indagación. Ella entiende que el objeto y el proceso de su búsqueda coinciden y son tanto el padre como la hija, que es el fruto de esa trayectoria sinuosa, tan andariega al principio como segura del ubigeo después.

La autora, sin verbalizarlo necesariamente, se plantea sobre la marcha cuánto se puede exponer a sus seres queridos y a sí misma, tratando de conservar su independencia y a la vez transmitir sus nobles sentimientos a quien le dio la vida, usando la plantilla de Skype para el claro contrapunto.

La proximidad de Roberto también sirve para complejizar la narrativa de guerra y la violenta forja de identidad “nacional”. “Cambio de lugar, cambio de suerte”, declama. Hijo de una sobreviviente de tres años en Auschwitz, es educado, coloquial y amoroso con su hija, no aparenta ser una persona de instintos primarios. Es entonces el rostro risueño del gentilicio dominante tomado por adopción. Hasta cae bien el señor. Cuando Yaela le pregunta por qué cree que lo graba tanto, él le dice que será para no pagar a un actor. Y la sonrisa jovial y cómplice de inmediato se ensombrece como preludio de la nostalgia por su futura ausencia: es que, cuando toca “irse al otro barrio”, las imágenes permanecen, cualesquiera que sean, y lo proyecta a su manera. “Crees que soy medio nazi, ¿no?”, lanza en otro momento. “Un poquito”, responde fuera del encuadre Yaela, antes de repetirlo dos veces porque Roberto presuntamente no entiende. Una lectura de que las lecciones de la historia pueden llegar con nitidez o distorsión de abuela a nieta en un lapso de 75 años, y de que la tecnología puede acercar a la gente, pero no resolver distancias.

Podrán ver esta película, de manera gratuita del 11 al 17 de octubre, en el sitio web del Festival de Cine de Trujillo.