Demandas y conflictos sociales que resuenan en la coyuntura peruana son tocados por los siguientes cortometrajes. En Nina (2020), el director limeño José Carlos García hace representación y seguimiento de un caso de violación, desde su perpetración hasta las siguientes horas de la agresión. El testimonio ficticio de una joven violentada sexualmente hace panorama a una comunidad dominada por un estado de insensibilidad ante ese tipo de hechos. Más allá de quererse definir el estado de inseguridad de mujeres en un espacio público, esta película atiende a describir cómo afloran los cómplices oculares de un crimen que pudo haberse frustrado mediante un gesto de solidaridad. Ahora, pueda también que García asuma su escenario como uno que identifica dichas ejecuciones contranaturales como parte de lo cotidiano. A propósito, se dramatiza además la ineficacia de una asistencia social que, al parecer, también está convencida de que estos tipos de hechos son parte de una normalidad que no merecen el amparo correspondiente, aunque la ley lo condene. Nina es un retrato crudo, aunque escueto, de esos otros perjuicios que afloran dentro de un espacio que, no se percata, es colaborador indirecto de las violaciones sexuales.

Por su lado, Los silenciados (2021) es un corto de ficción que hace un balance dramático del embargo emocional que se vivió a finales del 2020 en el Perú. La historia de un adolescente consolida el estado de la crisis sanitaria y política que el país padeció en el momento más grave durante la pandemia del COVID-19. Por un lado, tenemos a un joven angustiado por una madre internada en un hospital. Por otro, es el mismo joven fastidiado por los acontecimientos que se desarrollaron durante los días posteriores a la vacancia presidencial contra Martín Vizcarra. O sea, mientras que el protagonista hace una marcha de su casa al hospital, gran parte de la ciudadanía hace lo suyo desde las calles en protesta contra el gobierno provisional. El director Jhorsh Miller, de la región La Libertad, engloba esos dos tipos de malestares que pesan sobre los hombros de un solo personaje. Los silenciados es una mirada muy dramática de una esfera social desamparada transitando por el momento más sobrecogedor de la temporada en cuestión. Lo cierto es que, a propósito de toda esa vía crucis de un joven entre afligido y encolerizado, se fabrica también la figura de una persona no cediendo a la desmoralización. Las circunstancias del protagonista no están lejos pues a los efectos dramáticos que nos presentó el neorrealismo italiano; sin embargo, aquí la esperanza brilla y la reacción es compensatoria.

En tanto, La declaración (2019) nos cuenta la historia de un expolicía siendo llamado para declarar nuevamente por un acontecimiento que parecía haberse cerrado. El cortometraje de la realizadora limeña Ximena Medina Vásquez es un efecto de la concientización de la memoria, en este caso, el de las víctimas del terrorismo. ¿Culpable o inocente? Es la gran interrogante que sugiere este hecho judicial. Gran parte de La declaración es un primer plano a un hombre angustiado. ¿Es acaso remordimiento o simple intranquilidad provocada por un crimen del que no fue cómplice? Es consecuencia de esa consulta de que esta película pueda ser analizada desde dos perspectivas. Está esa insistencia de una nación empeñada por desenterrar la verdad y descubrir a los criminales a fin de que la historia no se repita y de que además no haya acto de impunidad. Pero puede contemplarse también como el testimonio de un falso culpable, uno de los tantos que fueron equivocadamente vinculados al círculo criminal del MRTA o Sendero Luminoso en tiempos de confusión en que la misma sociedad reconocía a su defensor como enemigo, dado que este último logró infiltrarse a distintas instituciones. Es, por tanto, la historia de un hombre perseguido por su pasado oscuro, como también la de un hombre agobiado por una denuncia injustificada.

Podrán ver estas películas, de manera gratuita del 11 al 17 de octubre, en el sitio web del Festival de Cine de Trujillo.