Tras tomarse una pausa en la dirección desde el estreno de “NN: Sin identidad” en 2015, y dedicado a sus trabajos en el ámbito teatral y en las series de televisión, el director Héctor Gálvez Campos (Lima, 1974) vuelve este año con un nuevo filme bajo el brazo. Se trata de “Esperaré aquí hasta oír mi nombre”, su cuarto largometraje que presentó en la competencia documental del Festival de Cine de Lima, en agosto pasado, y que en estos días podrá verse de manera virtual y gratuita en la séptima edición de la Semana del Cine de la Universidad de Lima.

En la película, la ficción se irá confrontando con la realidad a partir del registro de una obra teatral que se presenta a unas comunidades ayacuchanas y que habla sobre los desaparecidos en los años de violencia política en Perú. Sobre cómo la concibió y de qué manera se vincula con su filmografía precedente, marcada por los temas de memoria y derechos humanos, conversamos a continuación con el reconocido realizador chalaco:

Héctor, es evidente que tu nuevo documental incorpora, más que en tus películas anteriores, recursos de las artes escénicas. Cuéntanos más sobre este tratamiento. ¿Qué lo ha motivado? ¿Cómo has llegado a vincular tu cine con el teatro? 

No fue algo intencional, ni pensado.  Creo que habría que comenzar contando que en el 2017 escribí  y dirigí la obra de teatro “La hija de Marcial”. Para mí esta obra, que tuvo una temporada en el teatro de la Universidad del Pacifico, era el cierre de mi acercamiento a los temas del conflicto armado interno y especialmente de los desaparecidos.  Lo que sucedió es que en unas de las funciones me vino una imagen que resultó el detonante de lo que luego se convirtió la película.  En esa imagen, el rostro de Kelly Esquerre, la actriz que representaba el personaje de Juana, una joven que cuida los restos de su padre encontrado en el patio de un colegio que fue base militar, se iba disolviendo dando paso al rostro de otras mujeres que empezaban a relatar historias sobre sus familiares desaparecidos. Es en ese momento que empecé a preguntarme: ¿Qué pasaría si llevo esta obra a lugares de Ayacucho donde sucedieron hechos similares? ¿Qué pensarán los familiares de los desaparecidos cuando vean la obra? ¿Sentirán que representa en algo lo que ellos vivieron? ¿Querrán cambiar la historia? ¿Sentirán que tiene sentido seguir viendo sus dramas representados casi cuarenta años después? Y junto con eso también me pregunté, ¿por qué sigo hablando de estos temas? Yo que había decidido que la obra de teatro era el cierre de una etapa, hasta ya estaba escribiendo la escaleta de una nueva película de ficción, volvía una vez más sobre lo mismo. Es así un poco como surgió todo.

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¿Podemos afirmar que “Esperaré aquí hasta oír mi nombre” sería como el making of de una puesta en escena teatral?

Para mí hay muchas otras cosas más que un making of. Entre ellas la confrontación de una obra de teatro con la realidad. Una realidad que la ficción no puede contener. Entonces ese intento por querer asir la realidad es una de las tantas cosas imposibles a las que me quería enfrentar en la película. También quería indagar si para las propias afectadas, y para las nuevas generaciones, les interesaba seguir hablando sobre lo sucedido. Algunas de las personas tanto de Totos (provincia de Cangallo) y especialmente Oronccoy (provincia de La Mar) se cuestionaban las exhumaciones y todos los procesos previos, entre ellos las entrevistas. Y no porque no les parezca importante y necesario recuperar los restos de sus familiares. Nada de eso. Sino que son procesos tan largos y complicados que muchas veces se les hace difícil cerrar sus duelos. Lo que yo buscaba, incluyendo la conversación con el chico de la escuela de Totos, iba un poco en ese camino. La obra de teatro no es más que un pretexto, un dispositivo para intentar abordar otras cosas.       

¿Qué tanto varió la película desde el proyecto original, con el que empezaste a trabajar con tu crew y a moverlo para recabar fondos de financiamiento, con la versión final que hemos podido ver?  

Los proyectos siempre cambian, es parte de su proceso natural de concepción. Pero siento que este proyecto no varió mucho. Desde un primer momento queríamos que fuera un solo viaje y con presentaciones en tres lugares. Ni por tiempo, ni por presupuesto podíamos abarcar más que eso. Además si visitábamos más zonas no íbamos a poder quedarnos un tiempo suficiente para estar con las personas. Para decidir sobre los lugares de presentación en Ayacucho, tuve conversaciones con amigas y amigos que conocía desde la etapa de la CVR y terminé eligiendo Tambo, Totos y Oronccoy.  Totos, porque lo que se vivió en ese colegio a manos del comandante “Chacal” fue un verdadero infierno. Y creo que el adjetivo queda corto. El libro “Muerte en el Pentagonito” habla un poco de eso. Y además porque desde que lo concebí en el 2017, todo sucedía en el patio de un colegio, así que ahí realidad y ficción se montaron una encima de otra. Y bueno Oronccoy, por las razones que se ven en el documental. Lo que cambió un poco fue el abordaje que tendría la película y la dinámica de la obra de teatro en los lugares.

¿Cómo fue tu trabajo con los actores? Habiendo trabajado con ellos mismos en la puesta teatral, manejando un registro distinto al que necesitabas en el documental. ¿Básicamente necesitabas que ellos ‘hagan’ de sí mismos?

Desde antes del rodaje, les dije que aparte de las funciones teatrales, íbamos a grabar otros momentos que se decidirián según como se fueran dando las cosas. Y ellos se mostraron siempre abiertos y participativos. Ni siquiera les tenía que pedir que “hicieran de sí mismos”, solo sucedían o planteábamos situaciones y se grababan. Realmente no había mayores indicaciones. Los cuatro actores, y no solo ellos, sino también el equipo técnico, se portaron de manera increíble en la película. Cosa que nunca les dejaré de agradecer. Y es que fue un rodaje por muchos momentos complicado, no solo por lo emocional en cuanto al tema que estábamos acompañando, si no también porque algunos de los lugares a los que llegamos fueron zonas de muy difícil acceso.

La película transcurre en un colegio, muestra exhumaciones, un entierro masivo, recoge testimonios de víctimas de la violencia, y también de escolares que quieren desligarse de las heridas del pasado. Es como una antología de lo que mostraste en “Paraíso”, “Lucanamarca” y “NN”. Incluso hay secuencias que nos remiten directamente a esas películas, como la escena en la tolva del camión, similar al final de “Paraíso”. ¿Qué ideas te sugiere esta lectura?

Es curioso, la imagen final de la tolva no era consciente que evocaba a “Paraíso” hasta que me la hicieron notar en uno de los focus. Jamás se me pasó tratar de repetirla. Lo mismo con lo que mencionas sobre “NN” y “Lucanamarca”. Lo que sucede es que, y esto lo hablaba al inicio, todas estas películas abordan de manera más directa o indirecta, el tema de los desaparecidos; eso hace que las situaciones e imágenes sean inevitablemente similares. Es más, en cuanto a Oronccoy, cuando planeamos el viaje en el 2018, no sabíamos que por esas mismas fechas se iba a dar la entrega de los cuerpos exhumados tres años atrás. Eso fue una extraña y particular coincidencia. El plan inicial en Oronccoy era solo grabar los restos que estaban dentro de cajas en una de las casas del pueblo. Pero se dio la entrega de los cuerpos, y por eso la escena de los féretros camino al cementerio se asemeja a la de Lucanamarca. Lo que también nos dice una cosa: desde el 2005 -año en que que se dio lo de Lucanamarca- hasta ese 2019, se siguen repitiendo situaciones similares. Eso nos lleva a otra pregunta: ¿Cuántos años más tendrán que seguir pasando para que todos los desaparecidos sean exhumados y llevados a un cementerio como desean sus familiares? Lo que a todos nos sorprendió en Oronccoy es que muchos de los féretros tenían solo un código, ya que por problemas con las pruebas de ADN no se habían podido identificar. Ya eso nos parecía devastador. No solo los familiares tuvieron que esperar casi treinta años para que se realizará una exhumación, sino que luego tuvieron que esperar tres años para que los restos que fueron exhumados, sean sacados de esa casa donde permanecían en cajas. Y sumado a eso, algunos tuvieron en vez de un nombre, solo un frío e impersonal código escrito en el féretro. La señora Rosilda representa todo ese drama.

Al final de “Esperaré aquí hasta oír mi nombre”, uno queda con la sensación de que estás cerrando una etapa, quizás temática o creativa. ¿Consideras que es así? Recordamos que durante la realización de “NN” también comentabas algo parecido, que luego de esa película buscarías indagar en otros temas, alejados de la memoria social y política.

Esa fue la intención con esta película, tanto así que lo digo explícitamente en un momento. Y como imaginarás, es algo que me costó decirlo. Esa voz no estaba en el corte final de la película, si no que se incluyó casi en el último momento del trabajo de post producción de sonido. Para mí decirlo, verbalizarlo, era un intento de convertirlo en un conjuro y que se cumpla. Y no es que como ciudadano no me siga interesando el tema de los años de violencia, o de los desaparecidos, sino que como realizador ya quiero y tengo ganas de explorar otras cosas. ¿Volveré a tratar estos temas más adelante? No lo sé.

Aparte del teatro, ¿qué otras influencias reconoces en tu cine respecto a directores u otras disciplinas?

No sé si esto signifique una influencia, pero desde hace un tiempo vengo interesado en la filosofía. Busco autores, libros, y siento que hay frases de las que leo que tienen un alcance casi igual o mayor que el que me brinda una buena película o una novela. Casi comparables con la misma poesía. Pero para “Esperaré…” siento que la mayor influencia fue una canción de Chico Buarque: “Construcción”. Ese relato moderno que se va derrumbando y volviendo armar con puro juego de palabras y expandiendo el sentido, era lo que buscaba humildemente encontrar.

¿Qué opinas del cine nacional que se ha hecho sobre memoria y derechos humanos?

Me es difícil opinar sobre esto.

¿Qué viene a continuación? ¿En qué proyectos estás trabajando luego de esta experiencia documental?

Desde inicios de año vengo haciendo un registro documental que no sé en qué acabará, quizás sea un corto, un medio o quizás un largo, por eso mismo prefiero ahora no contar de qué va. Y ya como productor, estamos planificando con calma el estreno de “Autoerótica”, la ópera prima de Andrea Hoyos que esperamos estrenarla en salas los primeros meses del 2022.

Entrevista realizada por Rodrigo Portales, el 10 de noviembre de 2021, vía email.