Es verdaderamente impresionante que una película como la japonesa “Drive My Car”, de tres horas de duración y ritmo más bien letárgico, nunca llegue a sentirse como una experiencia sosa o tediosa. Lo que hace el director y coguionista Ryusuke Hamaguchi es desarrollar la trama del filme sin apuros, proporcionándole información al espectador de manera gradual, aumentando la tensión del drama poco a poco y de forma natural. Mucho pasa en “Drive My Car”, y el guion pocas veces recurre a artificios o a coincidencias forzadas, utilizando la mayor parte de sus metáforas visuales o historias inventadas para decir algo nuevo sobre sus protagonistas, o para desarrollar mejor las relaciones entre ellos.

Se trata de un filme notable, que a pesar de tener uno que otro defecto, estoy seguro igual sorprenderá a más de un espectador. ¿Era absolutamente necesario que durase tres horas? No. ¿Podría haber durado menos? Ciertamente. Pero incluso si se argumenta que, por ejemplo, la última escena se siente innecesaria —y que incluso podría llegar a envejecer mal, dependiendo de lo que pase en el siguiente par de años en el mundo—, o que algunas de las confesiones más importantes por parte de los personajes se sienten demasiado guionizadas, nada de eso es suficiente para arruinar la experiencia de ver “Drive My Car”. Lo que tenemos acá es un drama sutil y muy humano, que desarrolla sus temas principales con aplomo, sin sentirse como un sermón o un melodrama exagerado.

Yusuke Kafuku (Hidetoshi Nishijama) es un actor y director de teatro muy experimentado, aparentemente especializado en montar una versión muy particular de “El tío Vania”, de Anton Chekhov. Está felizmente casado con Oto (Reika Kirishima), una guionista de televisión que logra inspirarse cada vez que tiene sexo con su esposo, recitando como en trance las historias que, horas después, Kafuku tiene que repetirle para que no las olvide. Es un matrimonio aparentemente perfecto, con ventajas tanto emocionales como creativas, que sin embargo, como vamos viendo más adelante, no carece de problemas.

De hecho, luego de una suerte de prólogo bastante extenso, “Drive My Car” se adelanta dos años, mostrándonos a un Kafuku que vive solo, y que ha aceptado trabajar como director invitado para un montaje de “El tío Vania” en Hiroshima. Es ahí que comienza a entablar una relación amistosa —y profunda— con su chofer, Misaki Watari (Toko Miura), mientras que un potencial ex amante de su esposa, Koji Takatsuki (Masaki Okada) actúa como el protagonista de dicho montaje. Es así que estos personajes van interactuado, teniendo conversaciones que revelan detalles de su pasado, lo cual los ayuda a entender mejor su presente, y enfrentar los que les depara el futuro.

“Drive My Car” es una película sobre la aceptación de las contradicciones del pasado, y de los defectos que uno encuentra en sus seres amados, los cuales pueden resultar confusos. ¿Puede alguien que engaña a su pareja, seguir amándolo? ¿Puede una madre que siempre abusó de su hija, haberle enseñado algo extremadamente útil e importante para su vida? ¿Y puede uno dejar de culparse por algo por lo que no es responsable, necesariamente, pero que no le deja vivir tranquilo? La mayoría de los personajes en “Drive My Car” tienen pasados complejos, contradictorios, nuevamente, y es a través de sus conversaciones, antes y después de los ensayos de la obra en Hiroshima, que se van dando cuenta de cómo enfrentarlos.

Resalta, por ejemplo, el juego de ajedrez mental que tienen que jugar Kafuku y Takatsuki; el primero sabe que el joven actor estuvo con su esposa, y el segundo ha llegado de manera algo agresiva a tomar el rol principal en la obra de teatro, como tratando de dejar un mensaje. Entre conversaciones pasivo-agresivas y comentarios —a veces positivos, a veces negativos— sobre Ota, ambos personajes se van dando cuenta que conocieron a la misma persona de diferentes maneras, y que no necesariamente les hizo daño (por más de que eso era lo que ellos creían). Es interesante, por decir lo menos, ver una película como “Drive My Car”, donde mucha de la narrativa trata de un personaje femenino al que vemos muy poco —especialmente luego del prólogo—, pero que termina influyendo mucho en el crecimiento de los protagonistas.

Evidentemente, la relación entre Kafuku y Watari es, también, la que termina por cambiar las vidas de ambos. Los dos son almas llenas de arrepentimiento, que creen haber acabado con las vidas de otras personas aunque sea indirectamente, y que ahora son (casi) incapaces de comenzar nuevas relaciones (al menos de manera significativa). Como se dio a entender antes, algunas de las revelaciones más importantes sobre estos personajes se llevan a cabo de manera un poquito forzada, obligándolos a recitar líneas casi eternas de diálogo, pero no es nada que llegue a fastidiar demasiado. Y hasta se podría argumentar que es coherente con el estilo que Hamaguchi la otorga a la película desde su primera escena.

“Drive My Car” es una exploración del amor, y de lo complicado que puede llegar a ser ese sentimiento, especialmente cuando es expresado de diferentes maneras por distintas personas. Considerando eso, el reparto hace un excelente trabajo, tanto al desarrollar a sus respectivos personajes, como a la hora de transmitir dicho tema de manera natural e intrigante. Hidetoshi Nishijima está muy bien como Kafuku, interpretando al actor-director como alguien introspectivo y firme, que cuenta con un estilo muy particular a la hora de trabajar en el teatro (lo cual causa algunos conflictos interesantes con los actores). Por su parte, Toko Miura da una actuación sutil como Watari, comenzando como una chica muy ensimismada y poco comunicativa, ayudándola a abrirse poco a poco frente a Kafuku. Y Masaki Okada destaca, también, como Takatsuki, un actor aparentemente inseguro, pero delicadamente manipulador.

“Drive My Car” no es una película para todo el mundo —es larga, se mueve a paso lento (pero nunca de manera aburrida), y concluye de forma innecesariamente indistinta. Y sin embargo, tiene mucho qué decir sobre el amor y sus complejidades, así como el arrepentimiento y la aceptación. Las actuaciones son todas sublimes, el estilo audiovisual de Hamaguchi es sencillo y poco pretencioso, y la historia debería ser capaz de resonar con más de un espectador (por más de que ciertos momentos no terminen siendo tan emotivos como me hubiese gustado). “Drive My Car” es de lo mejor que hubo para ver este 2021; realmente me sorprendería que no terminase siendo nominada para el Óscar a Mejor Película Extranjera del 2022. Ojalá la Academia no decepcione.