Habiendo visto “Cha Cha Real Smooth”, la segunda película dirigida, escrita y protagonizada por el joven Cooper Raiff, resulta interesante darle una mirada a su debut como cineasta. En “Shithouse” es posible detectar todos los elementos que luego serían mejor aprovechados y desarrollados en la cinta coprotagonizada por Dakota Johnson: el diálogo naturalista, el arco de crecimiento de su personaje principal, el encanto del mismísimo Raiff. Todo eso y más está en “Shithouse”, solo que menos pulido. Lo que tenemos acá es una cinta influenciada por el cine de Richard Linklater, enfocado en las relaciones tempranas entre adolescentes que recién se convierten en adultos.

Raiff intepreta a Alex, un chico de diecinueve años que la está pasando mal en su primer año de universidad. No tiene amigos, no le va bien en los exámenes, y no se lleva bien con su roommate, Sam (Logan Miller). Sin embargo, cuando conoce a Maggie (Dylan Gelula) en una fiesta, termina congeniando con ella, conversando por varias horas en la calle, yendo a enterrar a su pequeña tortuga (Q.E.P.D.), y finalmente, teniendo sexo con ella en su habitación. Pero cuando se despiertan a la mañana siguiente, Maggie ha cambiado: a pesar de haber conectado emocionalmente la noche anterior, no está interesada en comenzar una relación, lo cual hará que Alex se complique la vida, y tenga que aprender a lidiar con problemas de adultos.

Como se deben imaginar, lo mejor de “Shithouse” está en las caracterizaciones de sus dos protagonistas; en la relación que mantienen (aunque sea temporalmente), y en sus interacciones. Alex es un chico bienintencionado, tímido, que está buscando relaciones reales (cuando los demás no buscan lo mismo, necesariamente), y que tiene que salir de su zona de confort. Es el tipo de persona que extraña mucho a su hogar y su familia; tiene un peluche en su cama con el que conversa, y llama a su madre (que vive al otro lado del país) a cada rato. Como él mismo dice en cierto momento: el problema es que la mitad de su cabeza está en la universidad, y la otra todavía en casa.

Maggie, por otra parte, es la definición de cool (al menos cuando uno es así de joven): desinteresada e inteligente. Sin embargo, luego de conocer a Alex, se va dando cuenta gradualmente que tiene que esforzarse en desarrollar relaciones permanentes, sin tratar a la gente de manera desdeñosa. Lo que tenemos acá, pues, son dos arcos de personaje que se podrían sentir opuestos, pero que logran complementarse perfectamente. Tanto Alex como Maggie tienen que aprender a madurar y ser adultos, pasando por momentos que pueden llegar a ser algo dolorosos, para llegar a la felicidad y tranquilidad. En pocas palabras: es una buena representación del proceso de crecimiento por el que la mayoría de gente joven tiene que pasar.

Ayuda, además, que el diálogo fluya de manera natural, haciendo que las conversaciones entre Alex y Maggie cautiven, sin sentirse forzadas o irritantemente prefabricadas. Es en la secuencia donde caminan por la calle y terminan jugando en un partido de softball que la influencia de Linklater se hace evidente. Raiff está interesado, más que nada, en presentarnos un estudio de personaje, demostrando lo complicado que puede ser relacionarse con otros seres humanos cuando uno recién está descubriendo quién es y qué es lo que quiere, lejos de casa y de las personas que tanto quieren. Las historias de trasfondo de Alex y Maggie son muy distintas —él cuenta con una madre amorosa; ella odia a sus padres—, pero parecen estar pasando por situaciones similares, lidiando con ellas de diferentes maneras.

Raiff está bastante bien como Alex, poniendo en evidencia, ocasionalmente, el carisma que usaría con tanta efectividad en “Cha Cha Real Smooth”. Su Alex es una persona ansiosa y tímida, que al inicio de la historia ni siquiera intenta adecuarse a la vida universitaria, prefiriendo comer solo en su cuarto, sin interactuar con Sam. Quien realmente brilla, sin embargo, es Dylan Gelula. La personalidad fuerte y desinteresada de la chica contrasta a sobremanera con el estilo un poco más sutil de Raid; es así que Gelula logra construir un personaje que se siente tanto distante como íntimo, y que recién está comenzando a aprender a relacionarse —verdaderamente—con otras personas. Maggie es un personaje que muy bien hubiera podido acabar como una caricatura bidimensional, pero que gracias a Gelula, se siente real.

“Shithouse” es el tipo de película que inspira, haciendo que me den ganas dirigir algo en este mismo instante: una producción independiente de bajo presupuesto, dirigida, escrita y protagonizada por una misma persona. Sin embargo, quizás son aquellas limitaciones las que le permitieron a Raiff desarrollar una historia que se siente natural, con la que resulta muy fácil empatizar. Puede que tenga algunos defectos técnicos —cortes extraños, movimientos de cámara algo torpes—, pero no son suficientes como para arruinar las buenas actuaciones y el entretenido guion. Habiendo ya visto los dos filmes dirigidos por Raiff, no me queda más que esperar su siguiente propuesta con anticipación (¡y curiosidad!).