En gran parte, Hollywood nos ha acostumbrado a que el acercamiento de un asistente social a un hombre cumpliendo una condena es la premisa de una lucha por la libertad del último. ¿Qué otra cosa más se puede esperar de una vida que ha tocado fondo? Salir de ese profundo pozo, obviamente, bajo condiciones merecedoras; ya sea consecuencia de una defensa que busca justicia o por mérito personal del propio recluso. Claro que están las películas que hacen excepción. Pienso en Dead Man Walking (1995). En el filme de Tim Robbins ni el compromiso férreo de una hermana cristiana o la redención a último minuto de un condenado es suficiente para reconocer la salvación terrenal de Sean Penn. El resultado de esta película es un retrato duro, aunque conmovedor; un testimonio social que no justifica un crimen, pero que no deja de preguntarse: “¿Y si el hombre no nació malo?”. Esa interrogante hace eco en Sansón and Me (2022), un documental que nos narra el acercamiento entre un traductor de prisión y un adolescente condenado a cadena perpetua. Rodrigo Reyes, fruto de su oficio, conocerá a Sansón, un inmigrante mexicano acusado de asesinato en el estado de California. La idea es hacer un documental sobre sus antecedentes, aunque este no servirá de nada para salvar o reducir la pena, dice el director con toda sinceridad a su protagonista.

Es así como se emprende la producción. Reyes desde afuera reconstruye las vivencias de Sansón, mientras que el muchacho desde la cárcel le envía misivas contándole su vida. Pero, ¿por qué hacer esto considerando el futuro dramático e irreversible del condenado? Si se considera los antecedentes del director, pueda que sea más fácil identificar la motivación de esta expedición biográfica. Reyes tiene en su haber otros documentales sobre testimonios de la migración, y es fruto de esa experiencia que ha aprendido que tras el éxodo de una comunidad estos dejan tras de sí una realidad que les ha obligado a asumir esa ruta desesperada aún más dura de la que están a punto de reconocer en el nuevo territorio. Sansón and Me es un testimonio sobre una víctima de la realidad precaria, similar a la que sufren muchas personas en el territorio mexicano. Reyes se sirve del testimonio del reo para exponer el trayecto sobre cómo un niño huérfano se convirtió a los diecinueve años en un condenado a perpetuidad. Es decir; reconocer cómo es que el alcohol, la miseria, el abandono y la violencia pervirtieron tempranamente a un sujeto inocente. Así como en Dead Man Walking, el director tampoco pretende justificar al criminal, sino aprovechar ese drama ajeno para representar un panorama social crítico y realista.

Ciertamente, resulta significativo que Reyes asigne a algunos familiares reales de Sansón para que dramaticen los recuerdos más decisivos en la vida del adolescente. Para ello, el director tendrá que viajar al pueblo natal de su protagonista. Al arribo, Reyes escribe: “La memoria de Sansón es impresionante. Cada detalle de su pueblo es tal cual cómo me la describió”. ¿Será que nada ha cambiado desde la partida del muchacho? Estamos ante el reconocimiento de un lugar que desde años atrás arrastra el mismo nivel de miseria y, por tanto, promete la reproducción de casos similares como el de Sansón. Basta ver el presente de los que dramatizarán la vida del pequeño Sansón para entender que está aconteciendo una redundancia trágica. De ahí por qué resulta significativo y hasta irónico que los mismos familiares representen la vida del hoy preso. Esas personas no solo dramatizan una vida que aconteció hace quince años, sino que de paso emulan las rutinas que viven en su presente. Es decir; se diluye el “actuar” al reconocerse dentro de la historia. Rodrigo Reyes va percibiendo cómo el pasado de un miembro es el presente del resto, y, por tanto, el futuro de todos podría ser el presente de Sansón.